Quince relatos para 15 momentos... "Tontos"

Una hipocondría sobrevenida

Una hipocondría sobrevenida

Entra en el baño, dormido, como un autómata, como hace cada mañana. Se observa en el espejo, que es lo habitual. No sucede nada. Enciende la luz: ahora ya sucede algo. El Post-it que cuelga en mitad de la vítrea superficie no le pasa desapercibido. Extiende la mano. Lo coge:

Hijo, el espejo también forma parte de tu casa.

No comprendo cómo te has podido afeitar durante estos últimos tres meses.

Te lo he limpiado, pero no te habitúes.

Un beso. Mamá.

– Eso lo explica todo – se dice.

En efecto, esa mañana su trasnochado aspecto resulta ser infinitamente más… ¿nítido? Saluda a la imagen que refleja la superficie de cristal, una imagen que muestra barba de un día, ojos legañosos, cabello ensortijado, y… y… ¡y “eso”!

Su expresión no deja lugar a dudas: no contaba con ello. Nada ha cambiado, salvo su mirada, ahora súbitamente atenta, súbitamente despierta, y sobre todo, súbitamente preocupada. Muy, muy preocupada. Tanto que siente pavor de su propio reflejo. Se aparta un paso. Se vuelve a acercar.

– En efecto – vuelve a decirse –, no es problema del espejo.

Con pulso tembloroso acerca la mano: lo palpa. Lo siente ceder. Lo palpa una segunda vez: vuelve a ceder. Aterrado se dice que ha crecido. Ahora le tiembla todo el cuerpo. Se teme lo peor. Se quita la chaqueta del pijama y…

¡Ahhhhhhhh!

En efecto, también en el pecho. Con respiración entrecortada se desabrocha el botón superior del pantalón: ahora jadea. La prenda resbala, cae al suelo y la desnuda realidad queda a la vista. Ya no tiene ninguna duda: los “bultitos” también aparecen en la cara interior de los muslos.

Mientras se afeita se esfuerza por encontrar un motivo a su mal: ¿un exceso de horas al sol? ¿tal vez demasiado alcohol? ¿muchas horas de oficina? ¿el stress acumulado?

Termina de afeitarse. Todavía desnudo se dirige al ordenador: tecla “Google”. Introduce los síntomas en el buscador. Un instante después aparece…

Aproximadamente 4.123.456 resultados ( 0.023 segundos).

Bueno, a decir verdad, de los “4.123.456 resultados” se queda con el primero, y lo de los “segundos”… le trae al pairo. Pincha con el ratón: ¡click!

Tener un factor de riesgo no significa que usted contraiga la enfermedad, pero aumenta la probabilidad, e incluso, el riesgo de muerte. Algunos factores de riesgo, como la edad, la raza o los antecedentes familiares son heredados, es decir, no se pueden alterar. Cuanto mayor sea el número de factores de riesgo que confluyan en usted, mayor será su probabilidad de sufrir la enfermedad. Preste atención a los signos externos: habitualmente son una primera señal de alerta. Nunca los subestime.

Ahora nota el sudor frío resbalándole por la frente. Avanza por la página hasta llegar al epígrafe “Qué hacer si:”. La primera línea no deja lugar a dudas:

No lo demore: contacte con un facultativo lo antes posible.

Consulta el cuadro médico de la compañía de seguros. Descuelga el teléfono. Marca la secuencia de nueve dígitos. Apenas tiene que esperar para…

– Consulta del doctor Miralles.

– Esto no pinta nada bien – se dice en silencio –. Cuando te atienden tan deprisa… mala señal.

– Consulta del doctor Miralles, ¿en qué puedo atenderle? – repite la mujer que aguarda al otro lado de la línea.

– Buenos días – termina por responder –. Desearía pedir cita – explica.

– Primera exploración, cirugía o revisión.

– ¡No! ¡no! Solo una exploración.

– Perfecto entonces. ¿Hace mucho que padece los síntomas?

– No sabría decirle. Hasta esta mañana no me he dado cuenta.

Juzga oportuno omitir que el único espejo de la casa había estado hecho una mierda hasta la tarde anterior

– ¿Se le ha extendido? – prosigue la secretaria.

– Ssss… sí – alcanza a decir en forma de susurro.

– Me puede indicar en dónde.

– En el pecho y a las piernas. – Silencio – ¿Esss grave?

– No le sabría decir – responde la mujer –. No lo sabremos hasta que no le haya explorado el doctor.

– ¿Y cuándo será? Tal vez… ¿hoy mismo? Es que desde esta mañana vivo en un sin vivir.

Se escucha sonreír  al otro lado de la línea.

– No, mucho me temo que no.

Ahora se escucha el sonido de un teclado.

– ¿Le viene bien el próximo día 15 a las 17:15 horas?

– ¿El 15 de Junio? Pero si hoy estamos a dos. Eso es dentro de dos semanas. ¿No puede ser…?

– Disculpe – le interrumpe la secretaria –. No me refería al 15 de junio, sino al 15 de julio.

– ¡Juulioo! ¿Está segura de que no puede ser antes?

– Lo estoy.

– Y usted no podría…

– ¿Ayudarle?

– Sí, al menos hasta el día de la cita.

– Lo lamento, yo solo soy la secretaria.

– Pero sin duda usted habrá sabido de muchos casos como el mío. A lo mejor, tal vez podría… en fin, ya me entiende…

Se escucha suspirar al otro lado de la línea.

– ¿Bebe alcohol de forma habitual?

– Sí.

– Pues déjelo.

– Hecho.

– ¿Ingiere grasas?

– Sí.

– Pues olvídelas.

– Hecho.

– ¿Toma el sol?

– Todos los días.

– ¿Tumbado o haciendo deporte?

– Tumbado, tumbado.

– ¿El color de su piel es uniforme?

– Nnnn… no en su totalidad.

– ¿Tal vez algunas zonas de coloración rojiza?

– No, blanquecinas, de un insano color blanco lechoso, precisamente bajo los “bultitos”.

– Lo sospechaba. Mala señal.

– ¡No me diga eso!

– ¡Pues entonces no pregunte!

– Lo siento.

– ¿Algún otro síntoma?

– Sí, de un tiempo a esta parte el roce de las ropas me resulta sumamente desagradable.

– Me temo que se ha demorado mucho en ponerse en contacto con nosotros. Por lo que me dice… está bastante avanzado.

– ¡Aggggg! ¡No me diga eso!

– ¡Pues entonces no pregunte!

– Lo siento. ¿Está segura de que no me puede adelantar la cita?

– Totalmente. No se imagina cuántos casos hay como el suyo.

– ¿Una epidemia? ¿Hay fallecidos?

– ¿Una epidemia? No, no lo creo, más bien lo atribuyo a la época del año en que nos encontramos. Y con respecto a lo de los fallecimientos… sí, lamentablemente los ha habido.

– ¡Aggggg! ¡No me diga eso!

– ¡Pues entonces no pregunte!

– Lo siento. ¿Y la causa es…?

– Principalmente por angina de pecho.

– ¡Pero si solo son unos “bultitos”!

– Los “bultitos”, como usted los llama, no son otra cosa que la manifestación externa del problema. La verdadera dolencia se encuentra en el interior.

– ¿En el interior?

– Sí, eso he dicho: en el interior de su sistema circulatorio. Pero yo de usted todavía no me preocuparía, no al menos hasta que el doctor…

– Y hasta ese momento, ¿no hay forma de controlar la evolución de los “bultitos”?

– Sí, de forma visual.

– Me refería a otro sistema más… puntero.

– Comprendo. Bueno, ahora existen aparatos concebidos para uso doméstico cuya precisión es bastante aceptable.

– He oído hablar de ellos.

– Los puede encontrar en las farmacias. Y también en las grandes superficies. Incluso algunos bancos los regalan al realizar una imposición a más de veinticuatro meses.

– ¿Me recomienda algún modelo en particular?

– Los de tipo electrónico son muy exactos. Los mecánicos tampoco dan mal resultado, pero son menos precisos, aunque tienen la ventaja de no utilizar pilas.

*

Diez minutos después está vestido y de camino al portal. Sale a la calle. Termina de torcer la esquina cuando distingue el luminoso de la farmacia, la de toda la vida, la misma cuyo farmacéutico le dispensa “la viagra” sin receta: sin duda un hombre de su absoluta confianza. Entra.

– Hola Paco.

– ¡Cóño! ¿Pero de dónde vienes tan moreno? – quiere saber el boticario.

– No preguntes, no preguntes.

El farmacéutico sonríe.

– Chico, pero qué actividad la tuya, apenas si ha transcurrido una semana desde la última vez. ¿Vienes a por otra “docenita”?

– No, en esta ocasión me trae otro asunto. Paco, tengo un problema.

Sin añadir nada más se levanta la camisa: el “bultito” queda  a la vista.

– Comprendo – sentencia el boticario con tono grave –. Un caso de fuerza mayor – añade –. ¿Has pedido cita con el médico?

– Sí, pero la tengo dentro de seis semanas.

– Y te estás preguntando si hasta entonces podría ir a más.

– Me han dicho que me puedo morir de un infarto.

– Y no te han mentido, porque cabe en lo posible. También podrías sufrir un “ictus”.

– Paco, dime la verdad, ¿es grave? – suplica cogiéndole de la manga.

– Yo diría que está significativamente avanzado. Pero bájate la camisa, no sea que alguien entre y te vea los “bultitos”. Ya sabes que luego todo se sabe. – Obedece. Paco desaparece en la trastienda y regresa con una caja entre las manos –. Es cara, pero es la mejor – explica –. Además, almacena las mediciones y las transmite al móvil mediante wi-fi: así podrás hacer un seguimiento exhaustivo en todo momento.

– ¿Cómo?

– A través de una gráfica.

– ¿Y eso es muy difícil? Ya sabes que yo soy de letras.

Paco opta por omitir que ya lo sabe: su cliente es de letras, cierto, pero de letras que adeuda a los bancos.

– Todo lo contrario – prosigue sin dejar traslucir sus pensamientos –. Incluso los ancianos la utilizan sin mayor problema. Si la gráfica desciende significa que vas a mejor.

– ¿Y si asciende?

– En ese caso estás jodido: el riesgo de infarto incrementa. Y, por supuesto, también el del “ictus”.

– ¡Aggggg!

– Haces bien al comprarlo – sigue diciendo Paco, que ignora el aullido.

– Y no hay ningún medicamento para…

– Los hay, pero no siempre resultan eficaces.

– Y entonces… ¿qué me sugieres que haga?

– Esperar. Y si al final todo falla, siempre queda la opción del quirófano: abrir y colocar el aparato.

– Lo sé, lo sé. He oído hablar de él, pero no me puedo imaginar viviendo con eso en mis entrañas.

– Desde luego solo sería en caso extremo – se apresura a decir Paco –. Mira, te voy a dar unas pastillas de última generación, pero no puede salir de entre tú y yo. Supuestamente solo puedo venderlas con receta, pero siendo tú…

– Gracias, gracias, te estoy muy agradecido. Me estás salvando la vida.

– Tómate una a primera hora, al levantarte, y otra por la noche, antes de acostarte. Pero ni se te ocurra mezclarlas con las “otras”. O unas u otras.

– ¡No me jodas! ¡Que esta noche he quedado con la rubia!

– Tranquilo, que esa no es mi intención: todavía “caminamos” por la misma acera – aclara –. Pero hay que tenerlos bien gordos para haber quedado en esas… en esas condiciones.

– ¿Lo dices por lo de los “bultitos”?

Y por esas marcas en la piel de color blanco lechoso: pareces una cebra. ¿Es que no te has mirado al espejo? Solo verlo me produce repelús.

– Tengo reservada una sesión de rayos para dentro de media hora. Y otra para antes del anochecer, a las siete.

– Tal vez resulte – termina por decir el boticario, pero sin excesiva convicción.

– ¿Cuánto te debo?

– Por ser tú… ciento veinte. No te hago factura y así te ahorras el IVA.

Paga, coge la bolsa y se dirige a la salida. Ya se dispone a abrir la puerta cuando se vuelve y…

– Paco, solo una cosa más, ¿sabes si la operación es muy cara?

– ¡Pero qué cenizo eres!

– ¿Es muy cara? – vuelve a preguntar.

– Depende.

– ¿De qué depende?

– De si te ponen “balón” o solo tiran de “lipo”. Pero yo de ti todavía no me preocuparía, al menos hasta conocer la opinión del dietista. Y por cierto, toma esto, se me olvidaba. – El cliente se acerca y recoge un estuche de cartón – Son dos pilas – explica el boticario –.  Sin ellas la báscula no funciona.

*

Algunas otras reflexiones del autor

El llamar “bultito” al signo externo de este tipo de “dolencias”, o hacer uso de cualquiera de los sinónimos con los que también son conocidos, como por ejemplo, “mollita”, “flotador”, “barriguita”, “chichas”, “barriga”, “abdomen prominente”, “michelín” e incluso “panza”, suele estar ligado a tres parámetros inmutables desde que se inventó eso del turismo, es decir, desde que nos despelotamos en verano fuera del domicilio familiar.

El primero de ellos es la fuerza de la gravedad, cuyos efectos finales apenas difieren en la montaña, a pie de mar, o si se decide por tomar el sol en el secarral de la abuela. No lo dude: lo que tenga que colgar, ¡colgará!

El segundo es la educación, asunto nada baladí cuando osamos referirnos en carne ajena a este tipo de dolencias. Mi consejo es que sea exquisitamente educado si no quiere perder las amistades. Y llegado el caso, incluso hipócrita:

¡Hay chica, pero qué bien te veo este verano. Pero si estás en los huesos!

El que los huesos sean de cerdo es un detalle que no hay razón alguna para mencionar, créame.

Y ya por último, solo me queda referirme a los efectos secundarios provocados por esa indeseada acumulación de grasa. Por ejemplo, “el efecto cebra”, o lo que es lo mismo, la ausencia de moreno en aquellas partes de la anatomía cubiertas por otras partes de la anatomía.

Tras sesudos estudios se ha concluido que estas “últimas partes de la anatomía”, es decir, las que ocultan a las “otras partes de la anatomía”, a su vez, pueden ser el resultado de “causas naturales” o de “causas sobrevenidas”. Un ejemplo de las primeras son los sobacos en los individuos de raza caucásica; también las plantas de los pies, pero en este caso sin distinción de razas. Incluso el velo del paladar, porque le guste o no, por muchas horas que se cueza bajo el sol su color original permanecerá inmutable.

De las segundas, es decir, de las causas de tipo “sobrevenido”, un buen ejemplo son los “pliegues cutáneos”, también conocidos como “pellejos de foca”, “te has puesto como un cerdo”, “¡vaya lorzas, macho!“ o “¿te has disfrazado de tonel o vas de natural? “

Pero si me acepta un segundo consejo, también le recomiendo que no se obsesione con esta sesuda clasificación y asuma que todo tiene su momento en la vida. Un buen ejemplo de lo que expongo es el “crecimiento”: en ocasiones lo hacemos hacia arriba, y en otras… en otras de “otro modo”.

¿Ve? Esto último es un buen ejemplo de aplicación del segundo axioma:

Si de mollitas has de hablar,

hazlo con educación,

con hipocresía,

y siempre sin señalar.

*

Este relato ha sido extraído de la recopilación de textos publicada con el título

Quince relatos para 15 momentos… “tontos”.

*

Separador clásico

*

Nada me alegrará más que conocer su opinión: si lo considera oportuno, déjeme un comentario. Gracias por leerme.

Adquirir Quince relatos en Amazon

Leer otros Divertimentos

Leer otros relatos

Reflexiones de un...

Otras entregas Arcano

Leer otras pajaradas

*

¡ No dude en contactar conmigo !

Una gran ventaja de este mundo de “lo virtual”, es que por primera vez el autor tiene la posibilidad de interactuar libremente con sus lectores sin restricciones de ningún tipo. No nos privemos mutuamente de esta extraordinaria oportunidad. En nuestro caso, además, disponemos de cuatro alternativas.

Este BLOG es la primera de ellas: cada micro relato dispone de las secciones “Me Gusta” y “Comentarios“. Sin duda, es una buena forma para iniciar un debate abierto y continuado sobre un aspecto concreto del texto.

Otra es la página de CONTACTO, página que, como su nombre indica, le permitirá hacerme llegar sus reflexiones mediante correo electrónico, sin duda una forma mucho más personal, pero igualmente efectiva.

Una tercera es mi página FACEBOOK, en la cual, además de compartir sus opiniones con todos nosotros, podrá valorar mi trabajo con “Me Gusta” e incluso “Compartirlo” con su entorno personal si lo considera oportuno.

Y por último, si usted no es asiduo de Facebook, siempre tiene la oportunidad de suscribirse a mis “NEWSLETTER”, un anglicismo que no significa otra cosa que permitirme compartir con usted mis nuevos proyectos a través de mail. Encontrará la posibilidad de suscribirse en la parte inferior de esta misma página web. Este opción me facilita estar en contacto con usted, pero me privará de conocer sus opiniones.

Atentamente,

Rubén C. Morató

*

Página web

Facebook: Rubén C Morató

Facebook alternativo (personal): Ruben Carlos Morató Bellido

Correo electrónico: rubenmorato@me.com

*

Copyright © 2016 – Rubén C. Morató

Todos los derechos reservados.

Queda prohibida la copia o reproducción de estos contenidos, sea total o parcial, por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, sin el previo consentimiento expreso y escrito del autor.

No hay comentarios

Escriba un comentario


Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.

ACEPTAR