Rubén C. Morató

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Mi trayectoria vital comenzó en un abril de 1962, dato que, sin duda, al perspicaz lector le ha permitido deducir que sobre mis espaldas ya pesan algo más de cincuenta primaveras.

Nací en Barcelona, en una familia de clase media, o posiblemente media baja, pues por boca de uno de mis abuelos supe que de joven se había ganado la vida empujando barricas de vino. Y del otro, al que también conocí, en más de una ocasión mi hermana y yo le vimos regresar del trabajo, es decir, de despachar en un puestecillo de helados, con una castaña helada para cada uno de sus nietos.

Por esas cosas de la vida, a los tres años mis padres decidieron trasladarse a Madrid en busca de nuevas oportunidades. Y por supuesto, no tuve otra opción que acompañarles en tal empeño. Con su esfuerzo la familia pasaría de ser clase media baja a clase media, hecho que en modo alguno resultaría baladí para mí, aunque por entonces lo ignoraba. No así el amor que nos profesaban.

Prosigamos.

Hasta segundo de B.U.P, es decir, tres años antes de acceder a la universidad, no era ningún figura en los estudios, ni tampoco con el balón de fútbol –a decir verdad, con ningún tipo de balón– lo que no hacía presagiar un gran futuro para aquel mocoso de apenas quince años que por entonces era yo.

Sería en 1978, y sin saberlo, cuando comenzaría a desarrollar una especial habilidad para entender y acomodarme a las circunstancias, capacidad que a día de hoy considero imprescindible si uno quiere sobrevivir en este tan extraordinario como enloquecido mundo en que vivimos.

En aquel año se cruzaría por nuestras vidas un profesor de matemáticas, joven, con barba y rascando la guitarra mientras entonaba, bastante bien por cierto, los principales clásicos del pop de la época. Hoy en día puede parecer algo normal, pero no lo era por entonces. Y mucho menos en el colegio de los Agustinos de la calle Padre Damian.

Me avergüenza no recordar su nombre. Y me avergüenza porque gracias a él aprobé aquel año las “mates” con seis y medio, una notaza para alguien que habitualmente suspendía cuatro troncales cada mes. No sé cómo me convenció, pero desde entonces creo haber cumplido fielmente con mi obligaciones, que por aquellos días no eran otras que las de formarme y aprobar, a ser posible, con algo más que un raspado suficiente.

Tercero y C.O.U fueron un paseo triunfal: una vez finalizada la selectividad podía enseñar mi media de bachiller sin tener que avergonzarme.

Superados aquellos primeros escollos de incipiente responsabilidad, llegó el momento de decidir qué carrera cursar. Dudaba entre exactas y económicas. De siempre he supuesto que lo de exactas fue influencia directa de aquel barbudo, guitarrista y matemático. Lo de económicas venía por parte de padre, ya por entonces directivo de una reconocida multinacional de primer orden.

Opté por económicas, y creo poder decir que… afortunadamente.

Tomada la magna decisión, mis padres, sabiamente, sugirieron de forma “razonablemente convincente” dar un pequeño giro a mis expectativas: mejor estudiar dirección de empresas en una reconocida y prestigiosa universidad de los jesuitas sita en la calle de Alberto Aguilera, que en otro lugar. En un primer momento me negué, y a mi criterio cargado de “razones“: ¡tan sólo uno de mis compañeros de colegio iba a estudiar allí!

Creo que mis sesudos razonamientos de por entonces no merecen muchos más comentarios.

Y como quien paga decide, y eran mis padres los que iban a pagar mi formación, ellos decidieron. A este tipo de proceder me refería antes con lo de “sugerencia razonablemente convincente“. De este modo comenzaba mi segunda fase de “entrenamiento para la vida real“: cinco años entre las rancias paredes de un edifico que sigo recordando con un extraordinario cariño.

El primer año me suspendieron el primer parcial de márketing, hecho este que a día de hoy todavía califico como una gran injusticia: por eso digo “me suspendieron”, en lugar de “suspendí”. Pero como nadie ha dicho que la vida sea justa, una vez más me veía obligado a acomodarme a las nuevas circunstancias. Desde entonces, y siempre que me lo permitieron, examen oral, cara a cara.

Oiga, todo un éxito. Y también una gran lección.

El éxito fue obvio: unas notas de cuidado. Y la gran lección fue el aprender que si quieres que algo funcione, lo mejor es dar la cara, afrontar el combate de forma personal, fajarse en el cuerpo a cuerpo sin refugiarse en el anonimato de un papel (o de un mail hoy en día). Eso sí, si se opta por esta alternativa, es del todo imprescindible haberse preparado a conciencia previamente.

Sin por entonces yo saberlo, aquellos cara a cara universitarios me estaban curtiendo a base de bien para la que me aguardaba.

En segundo año descubrí que los de ingeniería, pues no estábamos solos en aquel edificio, tenían una cosa llamada “ordenador”. Hoy es algo consustancial a nuestras vidas, pero debo recordar al lector que estoy hablando de una época en que IBM todavía no comercializaba en España aquella máquina que luego se ha conocido como el PC. De aquel cacharro colgaban once terminales y una impresora. De los once, uno, pasó a ser de mi casi exclusiva “propiedad“.

Sin saberlo, me acababa de adaptar una vez más a las nuevas circunstancias.

Tres años mas tarde me graduaba. Y también, aunque por entonces ni lo sospechaba, acababa de finalizar el primer tercio de mi experiencia vital, es decir, la de formarme teóricamente. Era el momento de dar el segundo paso: formarme empíricamente en la vida real y demostrar(me) si era un tipo válido.

Curiosamente mi primer empleo vino de la mano de aquel departamento de informática: entré a trabajar en una de las empresas de un conocido grupo de comunicaciones –el único que por entonces había en este país, pues las comunicaciones eran monopolio estatal–. ¿Por qué me escogieron? Por mi formación dual, no tengo ninguna duda.

Al principio de aquel primer empleo todo me parecía fantástico: llevaba papeles de un lugar a otro, hacía fotocopias, me dejaban tocar algún que otro PC… en fin, hacía esas cosas que ahora se conocen como propias de un becario.

¿Pero es que acaso estaba capacitado para hacer algo más por entonces? El título universitario parecía decir que sí. Sin embargo, muy a mi pesar, la realidad era bien distinta.

Poco a poco las fotocopias pasaron a ser sustituidas por pequeños proyectos; luego algún que otro incipiente viaje. Y por último, muchos, muchos viajes. Pero tres meses de poner puntos negros en unas sabanas de papel formato gigante truncaron mis expectativas, pues no sólo me aburría soberanamente, sino que no aprendía.

Mi gran oportunidad llegó de la mano de dos directivos de la división de transporte de una conocida multinacional: el que iba a ser mi jefe directo durante los siguientes cinco años, el director financiero, y el jefe de mi jefe, es decir, el gran jefe, también conocido como el director general.

Al primero, es decir, a mi jefe directo, le debo mucho de lo que hoy sé en el campo financiero, y no porque yo sea un figura, que no lo soy, sino porque él sabía mucho y, lo más importante, tenía las ideas muy claras. Tan claras que sólo me dedicó las primeras trece horas de mi primer día de trabajo en aquella empresa. Por cierto, yo con cuarenta de fiebre, pues no se trataba de faltar en tan magno día.

¡Nunca me pudo pasar nada mejor! Y por supuesto, no me estoy refiriendo a los cuarenta de fiebre.

A partir del día siguiente su despacho siempre estuvo abierto para enseñarme: eso sí, una vez yo me había dejado previamente el alma en intentar resolver los problemas por mí mismo. Sufrí mucho, pero me lo pasé en grande. Y lo mejor de todo: aprendí lo que no está escrito en los libros. Poco a poco comenzaba a tener una visión global del negocio, lo que hacía que, de vez en cuando, el jefe de mi jefe, es decir, el gran jefe, me abriese las puertas de su despacho.

¡La pera!

Avancé tanto que me llegué a creer que ya lo sabía todo. ¡Menuda memez! Pero memez visto con la perspectiva que da la edad, es decir, la de hoy, porque por entonces estaba convencido de que yo ya tenía que ser “jefe“, como ellos.

Durante un par de años, los dos hombres se esforzaron lo indecible por enseñar y hacer un hueco en la organización a aquel mocoso de poco más de treinta años. Pero el mocoso, es decir, yo, en su ignorancia, nunca lo supo ver. Y lo peor de todo, mucho menos agradecer.

Desde aquí mis más humildes disculpas a los dos.

Así que un buen día me fui: había logrado un puesto de director financiero en otra multinacional, más pequeña, pero líder en su sector a nivel planetario. Era 1992.

A muchos no les dirá nada aquel año. A otros, en cambio, les recordará aquellos meses en que el dinero había dejado de circular. Todavía recuerdo un mes de agosto con un cuarenta por ciento de devoluciones. Y para el que no sepa qué es eso de la devolución, se lo explico de un modo simple y directo: no pagar.

Aprendí latín. Y lo aprendí porque si no entra el dinero, no se pueden pagar las nóminas, incluida la propia, entre otras cosas. Créanme cuando les digo que aquello sí fue un serio problema.

Luego llegó la moda de lo que se ha dado por llamar la organización matricial, es decir, que podías tener más de un jefe. En mi caso fueron dos. Uno al lado de mi despacho, el director general en España. Y el otro en Bruselas, un poco más lejos para quienes no hayan pisado nunca aquellas oficinas.

Del andaluz, es decir, del jefe que tenía junto a mi despacho y cuyo aliento sentía cada mañana en mi cogote, aprendí algo que me ha sido fundamental en la vida, mucho más que mis conocimientos técnicos, algo que se resume en una simple frase: los seres humanos responden mucho mejor a las gambas.

Desde entonces, la “técnica en su estado puro” ha pasado a un segundo plano en mi vida profesional: a día de hoy le doy el valor que hay que darle, es decir, poco. Y le doy poco porque si yo he sido capaz de aprender “técnica” –bien sea programación, finanzas, controlling…– entonces, cualquiera puede aprenderla. Sin embargo los negocios no los cierran los técnicos, ni las jerarquías de ordeno y mando, sino la capacidad de dialogar con terceros, la capacidad de comprender otros puntos de vista, y la capacidad de transmitir los propios con adecuada habilidad.

¡Tú y yo hemos de ganar de forma simultánea!

Claro, que todo esto falla cuando tienes delante un interlocutor que, para desgracia de propios y ajenos, su tarjeta de presentación dice que es director general cuando en verdad no es más que un excelente técnico. De esos hay unos cuantos, lamentablemente. Pero prosigamos.

De la mano del otro jefe, el belga, el que estaba un poco más lejos, conocí el llamado “Head Quarters”: un mastodonte rectangular de color grisáceo sobre el que se había instalado una perpetúa nube. O al menos la había cada vez que yo iba a Bruselas, pues siempre llovía, incluso cuando viajaba en semanas consecutivas. Entonces comprendí por qué aquellos irreductibles galos de Uderzo y Goscinny sólo temían a que un día se les cayera el cielo que veían sobre sus cabezas.

Pocos años después llegó otro gran cambio. Un cambio que, en esta ocasión sí supe anticipar.

Con buen criterio, alguien en Bruselas, alguien que, por cierto, yo conocía bien, se le ocurrió pensar que si en lugar de negociar el director financiero local en cada país, lo hacía uno sólo en nombre de todos, los resultados a obtener serían mucho mejores. Y el buen hombre no se equivocó, pues no es lo mismo negociar la compra de una docena de barras de pan, que la de docenas de miles de barras de pan.

Pero como suele suceder con este tipo de “grandes visiones”, siempre hay algún que otro “pero”: desde aquel momento la mayor parte de nosotros dejábamos de ser auténticos directores financieros para convertirnos en “directores muñeco”. Lo que en prístino castellano significa que te pagan como a tal en una primera fase, pero no pinchas ni cortas nada. Y nada, significa, nada.

Y digo en una primera fase porque, como al lector le resultará obvio, la situación descrita no podía mantenerse por tiempo indefinido; además, el disparate de la prejubilación aticipada todavía no se había puesto de moda.

Como aquella idea no se me había ocurrido a mí, ni mi despacho estaba en Bruselas, ni yo era belga, resultaba del todo obvio que yo no iba a ser aquel super director financiero, es decir, quien iba a negociar en nombre de todos. Así que me puse a pensar: era directivo, tal vez incluso un aceptable conocedor de mi profesión, y desde aquel momento, además, un muñeco.

Tras quince años como empleado por cuenta ajena había llegado el momento del cambio: ahora no me iba a limitar a trasladar mis bártulos del despacho de una multinacional al de otra. Ahora iba a ser empresario.

Tenía ahorros. Tenía experiencia. Me acercaba vertiginosamente a los cuarenta, es decir, comenzaba a entender cómo funcionaba este mundo, aunque fuera de una forma muy rudimentaria. Pero –otra vez el dichoso “pero”– no había tradición empresarial en la familia de la cual aprender. Porque aprender siempre es necesario.

Así que me decanté por la franquicia. Y por supuesto, por la mejor: otra multinacional. Poco después tenía cuarenta empleados e iba de culo. Y lo iba porque resulta que los problemas en los negocios siempre son los mismos, pero, a la hora de afrontarlos no es lo mismo ser empleado que ser empresario, es decir, el que puede acabar en los juzgados si comete un error.

Y errores siempre se cometen. Y los errores con dinero propio, además, escuecen, y lo digo sabiendo de lo que hablo. Ahora ya no estaba aprendiendo latín: ¡aprendía todas lenguas clásicas simultáneamente! Griego, egipcio, fenicio, babilonio…

De aquella multinacional también aprendería mucho, y, como siempre ocurre, algunas cosas me gustarían y otras no. Pero eso ya no me pillaba de nuevas, pues hacía tiempo que había asumido que en esta vida el paquete bueno-malo es indisoluble.

El negocio fue bien hasta que dejó de ir. Como siempre ocurre. Y como el dinero se arriesga para rentabilizarlo, y no para perderlo, llegó el momento de poner fin a aquella aventura. Lo vendí. Y con aquella venta también llegó el momento de dar término al segundo tercio de mi trayectoria vital: era hora de recapitular e iniciar el tercer y último tramo de mi vida.

Desde que en segundo de BUP aquel barbudo matemático con guitarra encauzara mis pasos, me había dedicado en cuerpo y alma a mis objetivos. Me había convertido en una máquina perfectamente engrasada, primero para asimilar conocimientos, luego para trabajar. Al principio trabajaba para hacer ganar bastante dinero a los que me contrataban. Luego para mí mismo, aunque, lamentablemente, no tanto como antes. Pero, en cualquier caso… ¿y mi vida? ¿y mi matrimonio? ¿y la vida de los míos? Era el momento para enfocarme hacia lo que, voluntariamente, y creo que hasta entonces de forma acertada, había dejado de lado.

Ahora me dedico a ellos, y también a mí, algo nada baladí.

Hoy escribo extensos relatos, y lo hago porque por primera vez puedo hacerlo. Antes ya lo había intentado, pero resultaba del todo imposible: cuando no era una caída en ventas, era una debacle en los márgenes comerciales, y cuando no un incendio. La vida como empresario, si la tomas de forma honesta, responsable y profesional, es cualquier cosa, excepto aburrida.

Ahora, en cambio, por primera vez en mi vida puedo acometer muchos proyectos de tipo personal. Puedo porque tengo paz de espíritu. Puedo porque tengo muchas cosas que contar, y no porque sea muy listo, que no lo soy, sino porque ya me hago viejo. Puedo porque he tenido que ser notablemente imaginativo en esta vida para sobrevivir, y la imaginación también vale para entretener.

Es por todo lo expuesto que, como lector que usted es, pienso que necesitaba conocer cómo he llegado hasta este punto. Por qué he llegado. Y por qué, tal vez, le pueda ser de utilidad.

Por cierto, soy consciente de no haber nombrado a ninguna de esas multinacionales en las que he trabajado, o con las que me he asociado. Y no lo he hecho porque, ahora que no estoy en ninguna de ellas, siguen funcionando sin mí, algunas incluso mejorando la cotización de sus acciones en la bolsa de Londres. Eso sólo quiere decir que lo que por entonces dijera mi tarjeta de presentación nunca fue relevante: la realidad está demostrando que Rubén C. Morató era perfectamente sustituible.

Por cierto, como todos lo somos.

Esto último también es muy importante no olvidarlo.


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