Leslie Howard: una celebridad del cine muerta en extrañas circunstancias

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Como es habitual en mis novelas, construyo relatos partiendo de situaciones históricas cuyo único objetivo es el de entretenerle durante su lectura. Sin embargo, y en aras de maximizar este último propósito, en ocasiones me veo en la necesidad de “desvirtuar el hecho histórico”, motivo por el que en esta ocasión he considerado oportuno incluir diversa documentación histórica que, tal vez, pueda resultar de su interés.

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LESLIE HOWARD: UNA CELEBRIDAD DEL CINE MUERTA EN EXTRAÑAS CIRCUNSTANCIAS.

Este texto no contiene spoilers de la novela. Su lectura previa no restará
suspense narrativo a “El legado del profesor Sálomon”.

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Tres de abril de 1893, Forest Hill, Reino Unido. Nace el hijo del matrimonio inmigrante húngaro Howard Stainer a quien sus progenitores llaman Leslie. Años después comienza a trabajar en la banca de la mano de su padre, un agente de cambio y bolsa. Sin embargo, el inicio de la Primera Guerra Mundial trunca su incipiente carrera profesional: se incorpora a filas como otros muchos jóvenes, pero por motivos de salud se le recomienda dedicarse a la interpretación como terapia, una recomendación, sin duda, sorprendente en semejante contexto.

Avancemos en el tiempo, concretamente hasta 1939.

Pocos son quienes todavía ignoran el éxito de taquilla cosechado por la película Lo que el viento se llevó. El actor de cine y teatro Leslie Howard ha sido el encargado de dar vida al personaje de Ashley Wilkes: su popularidad es enorme, un nuevo éxito que añadir a los ya cosechados con La pimpinela escarlata, Pigmalión, Intermezzo o El bosque petrificado. Por cierto, este último en compañía de un actor por entonces poco conocido: Humphrey Bogart.

Tal vez este último nombre sí resulte familiar al lector de este blog, entre otros motivos porque fallecerá en 1957 después de haber participado en setenta y cinco rodajes, cosechado tres Óscars y haber fumado, bebido y posado sus dedos sobre incontables mujeres. Leslie Howard, por el contrario, no tendrá semejantes oportunidades porque muere en el accidente aéreo del 1 de junio de 1943, de regreso a Inglaterra, en el vuelo 777 de la BOAC, una aeronave civil derribada por la aviación militar alemana (Luftwaffe) a doscientas millas de la costa de Cedeira, en La Coruña.

Llegados a este punto, el lector puede pensar que Leslie Howard representa el perfecto ejemplo de “estar en el lugar incorrecto en el momento equivocado”. Sin embargo, la aparente y glamurosa vida del reconocido actor oculta su día a día durante la Segunda Guerra Mundial.

Tras la invasión nazi de Noruega, Países Bajos y Francia, así como la entrada de Italia en la nueva gran guerra, las autoridades británicas deciden restringir los vuelos diplomáticos y desplazamientos de personas importantes por toda Europa. A consecuencia de ello, la BOAC (por entonces la Iberia inglesa) es la única compañía autorizada a operar la ruta entre la base de Whitchurch (Gran Bretaña) y el aeropuerto portugués de Sintra –por entonces una pista de hierba–, posteriormente sustituido por el aeropuerto de Portela, una pista más al uso sita en la capital lusa.

Así las cosas, a mediados de 1943, es decir, cuatro años después de comenzada la contienda, quinientos vuelos con destino a Portugal han transportado a más de cuatro mil pasajeros sin apenas contratiempos. Tal vez haya quien opine que estas cifras son modestas, incluso ridículas, pero conviene recordar que por entonces los vuelos low cost todavía no se han inventado y el turismo vacacional solo está al alcance de unos pocos privilegiados. Además, viajar a Lisboa en 1943 rara vez responde a motivos lúdicos, pues la capital lusa es el principal nido de espías de toda Europa como consecuencia de un controvertido alarde de supuesta neutralidad política por parte de su máximo líder, Antonio Salazar –el “Francisco Franco portugués”–. En cualquier caso, este apasionante aspecto del conflicto bélico lo abordaremos  con posterioridad, en otra entrada del blog.

Así las cosas, la pregunta lógica a formularse es la de…. ¿por qué el Alto Mando alemán ordena derribar el vuelo 777 de la BOAC en aquel 1 de junio de 1943? ¿Tan relevante es el papel del actor Leslie Howard en la contienda como para justificar semejante –y cuestionable– acción militar? ¿Acaso su viaje a Madrid para impartir charlas sobre Hamlet no ha sido del agrado de los alemanes? ¿O tal vez los nazis están preocupados porque a su regreso le espera Anthony Eden, el secretario de relaciones exteriores británico, o dicho en román paladino, el gran jefe de los espías ingleses?

Llegados a este punto, es importante reseñar cinco aspectos de la idiosincrasia y vida del actor:

  1. Leslie nunca se molestó en ocultar su antipatía hacia los nazis.
  2. Dirigió dos películas propagandísticas ridiculizando el nazismo: El gran Mitchell y Pimpinela Smith.
  3. Aprovechaba su éxito en Hollywood para participar en todo tipo de tertulias solicitando la participación de los EEUU en el conflicto armado en favor de los aliados.
  4. Era de dominio público su romance con la actriz Conchita Montenegro durante el rodaje de la película Prohibido en 1931, de nombre real Concepción Andrés Picado y para muchos la Greta Garbo española.
  5. Es razonable suponer que Hitler y sus acólitos estaban informados de que viajaba en el vuelo 777 tras haberse reunido con Francisco Franco, en secreto y para afianzar la tan necesaria neutralidad española para la causa aliada. Un encuentro auspiciado, precisamente, por Conchita Montenegro, su antiguo amor, pues la vida es un devenir del todo imprevisible y en 1943 la actriz estaba prometida con Ricardo Giménez-Arnau, por entonces jefe del Servicio Exterior de la Falange y próximo al círculo del dictador (años después, en el cénit de su carrera política, Giménez-Arnau desempeñará el cargo de embajador español en la República Dominicana y, posteriormente, en Marruecos).

Así las cosas, y con razones suficientes en un contexto bélico como el que nos ocupa para comprender por qué los nazis podrían haber ordenado el derribo del vuelo 777 de la BOAC, se hace obligado compartir con el lector una segunda versión de lo ocurrido, la que apunta a un señor bajito, orondo y aficionado a los puros. Por cierto, esta es la opción utilizada en la novela El legado del profesor Sálomon.

El individuo en cuestión se llama Alfred T. Chenfalls, es amigo personal de Leslie Howard y muestra un asombroso parecido con Winston Churchill, en esos días también fuera de Gran Bretaña, concretamente reunido en el norte de África con el general Dwight D. Eisenhower.

Años después, muchos seguirán convencidos de que el extraordinario parecido entre los dos hombres llevó a los alemanes a suponer que era el propio Churchill quien viajaba en aquel DC3 de regreso a Gran Bretaña, una hipótesis alimentada por el propio estadista en sus memorias cuando reconoce haberse reunido con Eisenhower y no descartar como causa del derribo del vuelo 777 su parecido con Alfred T. Chenfalls. Pero también aprovecha para mencionar otros cuatro datos importantes: siempre viajó en el máximo de los secretos durante la contienda –algo lógico–; volar de noche –algo sensato–; hacerse proteger por solventes cazas militares –algo presumible–; y, por supuesto, nunca hacer uso de vuelos comerciales por todos conocidos.

Llegados a este punto, y como suele ocurrir en este tipo de ocasiones, la versión de la parte contraria –es decir, otra interpretación de lo ocurrido– es sumamente diferente: el derribo fue un lamentable error humano por causa del mal tiempo.

En síntesis, y según el relato alemán, ocho Junkers Ju 88 de la Luftwaffe pertenecientes al V Gruppe de Kampfgeschwader despegaron de Burdeos con el objeto de encontrar y dar escolta a dos submarinos de la Kriegsmarine. Herbert Hintze, uno de los pilotos alemanes, sostiene que divisaron la silueta de un avión enemigo volando por debajo, aproximadamente a dos mil metros de altura, así como haber informado al resto del escuadrón  “que los indios –”enemigos” en el argot de la época– vuelan a las once en punto”. Segundos después ordena atacar aprovechando la ventaja táctica brindada por el hecho de volar a mayor altitud.

Hintze también reconoce haber identificado el DC3 como aeronave civil cuando una de sus alas y el motor ardían sin remedio; tras lo cual, añade, ordenó el cese inmediato del ataque: pese a ello, la catástrofe ya era inevitable. También menciona tres pasajeros saltando en otros tantos paracaídas… incendiados. Un dato este último del todo sorprendente, pues en los aviones civiles es habitual toparse con peladillas, refrescos e incluso canapés razonablemente comestibles, pero nunca “paracaídas”, en todo caso flotadores bajo los asientos, al menos en la actualidad.

Por supuesto, a nadie debería sorprender la coincidencia entre la versión de Herbert Hintze y los registros oficiales alemanes: de siempre, los teutónicos han sido muy metódicos y meticulosos.

Pese a lo extraño del relato, en una entrevista realizada en 2010 por el Bristol Evening Post a Ben Rosevink, hijo de uno de los miembros de la tripulación fallecida en el vuelo 777, este dijo no dudar de la versión alemana tras haberse reunido personalmente con tres de los pilotos involucrados en el derribo y muerte de su padre. Según su testimonio, el encuentro tuvo lugar en la década de los ochenta, es decir, cuarenta años después de acabada la contienda.

Pero las versiones –y contradicciones– hasta ahora expuestas quedan eclipsadas cuando atendemos a un cuarto relato de lo acaecido aquel 1 de junio de 1943, una versión que, en esta ocasión, apunta a la inteligencia británica: los ingleses estaban informados del destino del vuelo 777 si despegaba de Lisboa. Y aun así, no se hizo nada para evitarlo. ¿El motivo?: ¡Uno de los secretos mejor guardado de la Segunda Guerra Mundial y solo conocido por el gran público a finales de los años sesenta!

Mucho se ha escrito sobre la máquina ENIGMA, ese artefacto capaz de cifrar las comunicaciones alemanas durante la Segunda Guerra Mundial de forma totalmente segura. Y mucho más sobre cómo un reducido y secreto grupo de matemáticos y criptógrafos británicos –en colaboración con sus homólogos polacos– encontraron el modo para burlar el supuestamente inquebrantable código Enigma.

Hoy se sabe –pero no así por entonces– que ya en 1941 las comunicaciones alemanas eran leídas por los ingleses como usted y yo ojeamos la prensa cada mañana. Esta versión de lo ocurrido sostiene que los servicios de inteligencia británicos supieron de las intenciones alemanas con respecto al vuelo 777, pero que de haberlo impedido, los nazis podrían haber sospechado acerca del “pinchazo” habido en sus comunicaciones.

De ser cierta esta teoría, no cabe duda de que las autoridades británicas se enfrentaron a una compleja decisión. Sin embargo, este autor de novelas cuyo único objeto es el de entretener al lector se pregunta cómo es posible que en pleno conflicto armado, donde el espionaje, el sabotaje y las mentiras eran moneda corriente, a nadie se le ocurriese dañar uno de los motores con el objeto de que el malogrado DC3 nunca iniciase aquel fatídico vuelo.

Es cierto que, a diferencia de las versiones anteriores, esta última no está apadrinada por las memorias de Winston Churchill. Pero también lo es que, una vez acabada la contienda, ingleses y americanos no dudaron en vender un notable número de máquinas Enigma sobrantes a otros muchos países haciéndoles creer que sus comunicaciones serían del todo seguras.

Lamentablemente para las dos potencias vendedoras, el ardid quedó al descubierto cuando David Kahn publicaba The Codebreakers en 1967, un libro donde se describe, entre otras muchas cosas, cómo los textos navales cifrados con Enigma eran legibles desde 1945. Luego se supo la verdad: lo fueron desde casi el inicio de la guerra. Ver para creer.

Una quinta –y última– versión sobre lo ocurrido al vuelo 777 de la BOAC –y posiblemente las más próxima a la realidad–, apunta a que los alemanes nunca fueron tan ingenuos como para suponer a Winston Churchill viajando sin adoptar medidas de seguridad. Ni ser ajenos al auténtico motivo de los frecuentes viajes de Leslie Howard por España y Portugal, países ambos, como veremos en posteriores entradas en este mismo blog, donde los espías alemanes campaban a sus anchas con la respectiva aquiescencia de Franco y Salazar.

Así las cosas, esta teoría sostiene que era el propio Leslie Howard el objetivo a batir, hombre carismático, mediático y cuya muerte en semejantes circunstancias contribuiría a minar la moral británica. Al menos, ese era el punto de vista de Joseph Goebbels, el ministro de Instrucción Pública y Propaganda de la Alemania nazi a quien Howard también ridiculizaba en sus dos películas propagandísticas.

A nivel anecdótico, quepa decir que Leslie Howard, a parte de ser un reconocido actor, deseado galán, ejemplo del perfecto caballero inglés, persona excelentemente relacionada y agente del servicio secreto británico en aquellos ratos en que no estaba leyendo a Hamlet, era también un ser notablemente supersticioso. Así lo sugiere el hecho de que antes de iniciarse la contienda evitase subirse a un avión por consejo de su vidente: “esta semana no te conviene volar”, parece ser que le dijo el tunante allá por 1936.

Así las cosas, y de haberle vuelto a consultar en aquel fatídico 1 de junio de 1943, con toda certeza Derek Partridge y Dora Rove no habrían salvado la vida, pues Leslie Howard y su inseparable amigo Alfred T. Chenfalls –el doble de W.Churchill– les obligaron a  cederles sus asientos tras esgrimir sus excelentes relaciones con el Gobierno británico.

Y ya de paso, a intercambiar sus respectivos futuros.

Lo antes dicho: la vida puede ser cualquier cosa, salvo previsible.

 

De izquierda a derecha:

–Fotograma de “Lo que el viento se llevó”: Leslie Howard es presentado en el papel de Ashley Wilkes.

–La actriz Conchita Montenegro (Concepción Andrés Picado). Leslie Howard fue uno de sus romances antes de contraer matrimonio con el falangista Ricardo Giménez-Arnau.

–Fotografía de Winston Churchill.

–Última fotografía de Alfred T. Chenfalls. Obsérvese su notable parecido con el primer ministro británico así como el puro en su mano derecha.

 

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Atentamente,

Rubén C. Morató

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EL LEGADO DEL PROFESOR SÁLOMON

Europa 1940: en busca de una leyenda del siglo XV

Copyright © 2017 – Rubén C. Morató

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ISBN: 978-84-697-7280-5

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