No tomarás el lugar de Dios en vano

La tarjeta

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  Capítulo 34

LA TARJETA

Fecha: Año 2017

(Veintiocho años antes)


(Una relación de los principales personajes de la novela la encontrará aquí)

Separador clásico

Cinco días después

Centro de Investigación Genética de NBC

Helsinki (Finlandia)

 

Como es habitual, la tarjeta azul hoy también cuelga del cuello de Berg Virtanen. Patty se felicita. Todos los empleados de la Corporación disponen de una, incluida ella, pero la de Berg es especial.

Y hoy, también su objetivo.

Le ve dirigirse hacia una mesa vacía con la bandeja de comida entre las manos. A continuación sentarse, como siempre orientado hacia la cafetería. Está diciéndose que hoy más que nunca confía en que no rompa con su rutina, cuando amaga con volver a levantarse. Y lo que aún es peor, ¡con la tarjeta todavía colgando del cuello!

–¡Pero si ese tío es lo más cuadriculado que ha parido madre! –exclama en voz baja–. ¿Por qué precisamente hoy decide alterar sus costumbres?

Todo tipo de improperios ya comienzan a salir por su boca cuando, para su sorpresa, Berg coge el periódico olvidado en una mesa próxima y vuelve a sentarse. Lo extiende, coge los cubiertos y se detiene. Se quita la tarjeta y la deja sobre la mesa. A continuación se dispone a dar cuenta de la comida.

–¡Gracias a Dios! –musita Patty de camino a la línea de cajas.

Paga el menú.

Al igual que ha hecho Berg, se dirige hacia el comedor en busca de un asiento libre y con la bandeja entre las manos.

–Buenos días Berg, ¿puedo sentarme aquí? –pregunta señalando una silla vacía.

El informático alza la cabeza, hasta entonces concentrado en la sección de deportes. Con desgana pliega el periódico liberando así la mitad de la mesa.

–Ya sabes que no es mía.

–Muchas gracias –responde Patty, que acompaña a sus palabras con la mejor de sus sonrisas. Apoya la bandeja sobre el tablero, toma asiento frente al informático y deliberadamente deja caer la cinta que sujeta su tarjeta azul. Como pretendía, han quedado juntas.

Desde que Irina le dijera lo de su romance con Berg, Patty había decidido comer con el informático un par de veces por semana. Los primeros días se habían limitado a un mero intercambio de saludos y despedidas, porque el tipo, además de cuadriculado, era introvertido de narices. Pese a ello se obligó a perseverar. Al final de la segunda semana Berg ya le había tomado una cierta confianza. En la tercera charlaban de temas intrascendentes, pero siempre evitando nombrar a Irina. Y hoy, como es habitual al principio de cada comida, han comenzado ignorándose. Se dispone a dar cuenta del primer plato sin forzar la conversación, segura de que será él quien la inicie.

–¿Cómo te van las cosas?

Una vez más, ha vuelto a suceder. ¡Le encanta que los hombres sean tan previsibles!

–Sin ninguna novedad digna de resaltar; otro día normal y corriente; vamos, lo de siempre.

–Mejor así –observa él con la boca llena de espaguetis.

Patty, que aguarda la siguiente y previsible pregunta, observa que las pupilas de Berg se apartan de ella; o mucho se equivoca, o Irina acaba de entrar en la cafetería.

El fugaz intercambio de miradas entre los dos enamorados lo confirma.

Berg ha vuelto a enmudecer y ella no pierde de vista a Irina. Por el rabillo del ojo la ve buscando una silla sin ocupar, en otra mesa, pero no muy alejada, como siempre hace. Los dos enamorados repiten el intercambio de miradas. Patty sigue esperando su momento: ahora come más despacio. No así Berg, que desde la aparición de Irina parece muy interesado en acabar los espaguetis cuanto antes.

 Se levanta cuando solo quedan los restos de una mancha de tomate en el fondo del plato.

–Voy a por el postre, ¿te traigo algo?

–Gracias Berg, eres muy amable, pero por el momento creo que no tomaré nada más. –Patty señala su bandeja, todavía a rebosar de comida.

Le ve alejarse de camino al mostrador. Como era previsible, Irina se levanta tras él. Aguarda a que los dos enamorados lleguen a la zona de autoservicio: se ponen en cola. ¿Serán imaginaciones suyas, o ahora Berg se ha vuelto mucho más locuaz?

En cualquier caso, se dice, ha llegado el momento de ponerse manos a la obra.

Extrae del bolsillo el pequeño dispositivo. Lo gira hasta que la ranura practicada en el lateral queda oculta a los ojos de Berg. Está segura de que Irina seguirá monopolizando su atención durante los próximos minutos, pero nunca está de más ser prudente. Presiona el interruptor del lector de tarjetas de crédito que ha modificado ella misma. Coge la tarjeta de Berg y la introduce en la ranura: un led amarillo comienza a parpadear.

Se vuelve para cerciorarse de que los dos enamorados siguen haciendo cola. El led deja de parpadear y se torna de un vívido color rojo.

–¡Mierda! –exclama–. El lector ha fallado.

Extrae la tarjeta, frota la banda magnética con la servilleta y vuelve a introducirla en el dispositivo.

El led amarillo vuelve a parpadear.

Berg e Irina se acercan a la caja.

El led sigue parpadeando.

Berg entrega un billete a la cajera.

El led no cesa de parpadear.

Berg e Irina se alejan del mostrador, cada uno por su lado, como si de nada se conocieran.

Vuelve a echar un rápido vistazo al aparato: la luz amarilla continúa parpadeando.

Berg ya no está pendiente de Irina, sino de la mesa. ¡Se acerca!

Vuelve a maldecir.

¡Clock!

–Perdón, ha sido una torpeza por mi parte.

Berg ha tropezado con el canto de la mesa contigua. El golpe ha hecho caer el único vaso. Saca un pañuelo del bolsillo, balbucea nuevas disculpas y se dispone a recoger el líquido derramado.

–Menos mal que solo era agua –le escucha decir.

–No te preocupes, se secará –es la comprensiva respuesta del ingeniero con la pernera del tejano empapada.

Mientras tanto, ella sigue atenta al indicador luminoso, y por supuesto, también a lo que sucede a metro y medio de su espalda.

El incesante parpadeo continúa.

Comienza a sospechar que aquello no pinta nada bien. Musita otro improperio: quisiera volver a limpiar la banda magnética y repetir el proceso, pero ya es demasiado tarde.

Berg, que se dispone a devolver el pañuelo al bolsillo, reconsidera la situación y antes lo escurre en un plato vacío. Ya lo está plegando cuando el led deja de parpadear. A Patty se le encoge el corazón. Transcurren unos instantes que se le hacen eternos. El led vuelve a cobrar vida. En esta ocasión su color no es amarillo, ni rojo, ¡sino el anhelado verde!

El contenido de la tarjeta se ha copiado.

El pañuelo ha desaparecido en el bolsillo de Berg cuando Patty extrae la tarjeta magnética de un tirón: la devuelve a su lugar, sobre la mesa y próxima a la suya. Se dispone a guardar el lector pero…

–Lo lamento –vuelve a escuchar disculparse Berg–. Si necesitas algo estoy en esa mesa de ahí.

Ahora que se sabe señalada, es demasiado tarde para ocultar el aparato. No se lo piensa dos veces: coge el periódico, lo coloca encima y finge estar interesada en uno de los artículos deportivos.

Berg se sienta y la observa en silencio. Deja el plato de fruta en la mesa. Ella se pregunta a qué está esperando. El corazón se le ha desbocado. ¿También él estará escuchando los latidos?

¡Boum! ¡Boum! ¡Boum!

Alza la cabeza y se topa con los ojos de Berg.

–¡Dios mío! –musita en voz baja–. No los aparta del periódico.

Decide jugárselo todo a una carta.

–¿Lo necesitas?

Ha preguntado haciendo uso de todo el aplomo de que dispone, que no es mucho.

Berg titubea unos instantes.

–Me gustaría hacer el crucigrama de la penúltima página. –Ahora Patty sospecha que se le ha detenido el corazón–; pero voy escaso de tiempo –prosigue Berg–, así que puedes quedártelo si quieres.

*

Irina todavía charla con una compañera de mesa cuando Patty ya se dispone a salir del comedor. Por supuesto, lo hace diez minutos después de que Berg haya cruzado esa misma puerta. Alza el brazo a modo de saludo. Irina se lo devuelve de la misma forma. Avanza hasta el final de pasillo y entra en el servicio. Pone el pestillo. Se sienta en el retrete y extrae el dispositivo de entre las hojas del periódico. De la cartera saca una antigua tarjeta de crédito. Pulsa dos veces el único botón del lector-grabador: el led comienza a parpadear otra vez.

Ahora es de color azul.

Introduce la tarjeta y espera.

No sucede nada, salvo que los segundos vuelven a transcurrir con una exasperante lentitud.

Sigue sin pasar nada: comienza a dudar.

El color azul desaparece y el rojo pasa a ocupar su lugar.

–¡Mierda! ¡Mierda! ¡Mierda!

El color rojo desaparece y el verde pasa a ocupar su lugar.

Se levanta y comienza a dar saltitos de alegría.

Ahora que ya dispone de una réplica de la tarjeta que Berg utiliza para acceder al sistema informático de NBC, se permite volver a sonreír.

¡Toc! ¡Toc! ¡Toc!

Tira de la cadena.

–¡Salgo en un minuto! –hace saber alzando la voz.

A continuación aprovecha para lavarse los dientes.

*


Fin del capítulo

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Este texto corresponde a No tomarás el lugar de Dios en vano, una novela de Rubén C. Morató.

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