Quince relatos para 15 momentos... "Tontos"

La mujer de la sonrisa de papel

La mujer de la sonrisa de papel

El primer día

Son las siete de la mañana. Suena el despertador, como siempre, con independencia de que sea lunes o domingo, aunque hoy sea jueves. Se levanta.

Se prepara el café, una taza, lo habitual. Luego marcha al baño. Media hora después se está ajustando la corbata frente al espejo: hoy se ha puesto la de color azul. La anuda con precisión, y también con mimo, pues a fin de cuentas lo hace por ella: al trabajo podría ir vestido con vaqueros y deportivas, pero no para ella.

Mira el reloj por segunda vez: las siete treinta y siete. Perfecto, se dice, porque están citados para dentro de tres minutos. Aguarda dos minutos y cincuenta segundos. Luego abre la puerta.

Hoy no llueve: mucho mejor.

Incluso hace sol: extraordinario.

Allí está ella, radiante, esperándole en el edificio de enfrente, como cada mañana. La saluda. Ella también, pero con esa tímida sonrisa tan propia de ella, es decir, la de siempre.

La mira.

Ella también.

– Buenos días, – le dice.

Ella le devuelve el saludo con otra sonrisa.

No le molesta su silencio, porque desde que la conoce siempre ha sido así, mujer de pocas palabras. Por cierto, como él. De siempre le han llamado el mudo, y no porque no pueda hablar, que sí puede, sino porque apenas habla.

Excepto con ella.

Le habla poco, cierto, pero no porque tenga pocas cosas que compartir, que no es el caso, sino porque le da vergüenza: sólo se conocen desde que ella se había trasladado al edificio de enfrente, y de aquello no hace mucho.

Antes le llamaban el tímido. Pero eso era antes, antes de que le llamaran el mudo.

– Hoy tengo prisa, – le dice. – Mi jefa me ha pedido que llegue media hora antes. – Hace una pausa –. Para limpiar los filtros, – explica –. Ya sabes, los de las planchas.

Ella le comprende, porque de no haber sido así, no le habría vuelto a sonreír.

Al día siguiente

Son las siete de la mañana. Suena el despertador, como siempre, con independencia de que sea lunes o domingo, aunque hoy sea viernes. Se levanta.

Se prepara el café, una taza, lo habitual. Luego marcha al baño. Media hora después se está ajustando la corbata frente al espejo: hoy se ha puesto la de color amarillo. La anuda con precisión, y también con mimo, pues a fin de cuentas hoy sólo lo hace para ella.

Hoy ya no hay plancha que limpiar, ni tampoco trabajo al que acudir, porque todo eso se acabó ayer, al menos en aquel restaurante, en el de comida rápida.

(Rememorando el día anterior)

Ha llegado media hora antes, que a fin de cuentas era lo acordado. Pero ha terminado la jornada diez minutos después.

Eso, en cambio, no era lo acordado.

– Hay que reducir gastos – le explica su jefa.

– ¿ El negocio no marcha bien ? – pregunta él.

La respuesta se reduce a un movimiento de cabeza: ahora la muda es la jefa –. Lo siento – se disculpa, la mujer. Parece que ha recuperado el habla. – Lo siento mucho – añade, no sea que todavía quede alguna duda.

Con dudas o sin ellas le invita a abandonar la empresa. Le acompaña hasta la puerta: se la abre. Le desea buena suerte. También le dice que contará con él cuando las cosas se arreglen. Y por último la cierra a su espalda, cuando ha llegado a la calle.

¡ Crock !

Por cierto, con cerrojo.

Cuando mira atrás su jefa ya no está. Bueno, la persona que había sido su jefa, porque una vez despedido ya no se tiene jefa. Ni jefe.

Cosas del ser despedido.

(Regreso al momento presente)

Mira el reloj por segunda vez: las siete treinta y ocho. Perfecto, se dice, porque se han vuelto a citar para dentro de dos minutos. Aguarda un minuto y cincuenta segundos. Luego abre la puerta.

Hoy no llueve: excelente.

Pero está nublado: mala señal.

Allí vuelve a estar ella, radiante, esperándole en el edificio de enfrente, como cada mañana. La saluda. Ella también, pero con la misma tímida sonrisa, esa tan propia de ella.

La mira. Ella también.

– Buenos días – le dice.

Ella le devuelve el saludo con otra sonrisa, algo que ya comienza a ser lo habitual.

– Lo siento, pero hoy también tengo prisa. – Hace una pausa –. No, no es el trabajo otra vez – se justifica –. De hecho ya no tengo trabajo – explica –. Pero sí paro: tengo que ir a darme de alta.

Ella le comprende, porque de no haber sido así, no le habría vuelto a sonreír.

Al día siguiente

Son las siete de la mañana. Suena el despertador, como siempre, con independencia de que sea lunes o domingo, aunque hoy sea sábado y no tenga trabajo. Ni paro. Se levanta.

Se prepara el café, una taza, lo habitual. Luego marcha al baño. Media hora después se está ajustando la corbata frente al espejo: hoy se ha puesto la de color morado. La anuda con precisión, y también con mimo, pues a fin de cuentas hoy sólo lo hace para ella, porque no hay plancha que limpiar ni oficina de empleo que visitar.

Mira el reloj por segunda vez: las siete treinta y nueve. Perfecto, se dice, porque se han vuelto a citar para dentro de un minuto. Aguarda cincuenta segundos. Luego abre la puerta.

Hoy llueve, ¡ qué desagradable ! pero ayer estaba nublado, por lo que tampoco hay de qué sorprenderse.

Además, es Febrero.

Sale. No la ve. Se cerciora. Sigue sin verla. Se extraña, porque desde que se había mudado nunca se había retrasado. Bueno, un “nunca” de los de “sólo hasta ayer”.

– Un imprevisto, – se dice –. A cualquiera le puede suceder – la excusa –. Pero le apena, porque hoy habría querido contarle la otra novedad, la del paro.

(Lo que hoy le habría querido contar)

– ¿ Sabes ? Mi jefa no había pagado la Seguridad Social.

– Tal vez la pobre mujer haya tenido un problema de liquidez. Son malos tiempos.

– ¿ Tan malos como para no haberme dado de alta en la Seguridad Social ?

– Entonces no ha sido problema de liquidez, sino un problema de cara dura.

– Me lo dijeron ayer, en la oficina de empleo.

(Regreso al momento presente)

Sabe que ella le habría comprendido, pero en silencio, como siempre.

Y con una sonrisa por respuesta.

También como siempre.

Al día siguiente

Son las siete de la mañana. Suena el despertador, como siempre, con independencia de que sea lunes o domingo, aunque hoy sea domingo. Se levanta.

Hoy no se prepara la taza de café, algo poco habitual. Tampoco marcha al baño, lo que todavía es mucho más inusual, al menos en él.

Sin quitarse el pijama se dirige a la ventana. En esta ocasión ni tan siquiera se ha puesto una corbata para disimular su desaliñada apariencia. Tampoco mira el reloj por segunda vez, porque ayer no se volvieron a citar.

Hoy vuelve a llover: en Febrero es lo normal.

Sale. No la ve. Se asegura. Sigue sin verla. Sin embargo ya no se extraña. Lo extraño es que hubiera estado.

Primero el empleo, luego el paro, y ahora… ahora ella.

Antes le llamaban el tímido.

Pero ahora deberían llamarle el gafado.

Regresa a la cama.

Al día siguiente

– No sabría decirle inspector – se disculpa el obrero.

– ¿ No le había visto antes ?

– Supongo que sí, pero nunca me fijé en él. Tampoco hago preguntas, es una forma tonta de complicarse la vida. Yo soy de los que se limitan a obedecer y a cobrar el sueldo a fin de mes.

– ¿ Sin más ?

– ¿ Para qué más ? – El inspector guarda silencio, pero el obrero no –. Y para muestra un botón: el viernes me dijeron que lo quitara. Y hoy, sin explicaciones de ningún tipo, que lo volviera a poner. ¿ Tiene sentido ? ¡ Pues no ! ya se lo digo yo. Pero quien manda, manda. Así que ahí lo tiene, en el mismo lugar.

– Le agradezco su tiempo.

– Lo que necesite, inspector.

– ¿ Puedo bajar por el andamio ?

– Mejor por donde ha subido. El camino es más largo, pero también más seguro. Ya conoce mi filosofía: complicaciones, las justas.

¡ Piui ! ¡ Piui ! ¡ Piui !

El inspector se acerca al andamio. Se asoma y todavía llega a tiempo de ver la ambulancia alejarse por la avenida, seis pisos más abajo. ¡ Pobre desgraciado ! – se dice.

Diez minutos después vuelve a estar en la calle: por supuesto, ha bajado por las escaleras. Se acerca a la mancha de sangre, la que ocupa un metro cuadrado de asfalto.

– ¡ Pobre desgraciado ! – se repite.

– ¡ Inspector ! ¡ Inspector !

Se vuelve en dirección a la voz: un agente corre hacia él.

– ¡ Inspector !

– Tranquilo agente, que ya le he escuchado. No sea que de tanto repetirlo me vaya a desgastar el cargo.

– No era mi intención insp… señor.

– Estoy seguro.

– Es por esa anciana.

– ¿ Su madre ?

– No, una vecina. Dice haberlo visto todo.

– Entonces no la hagamos esperar.

(La conversación con la anciana)

– Todas las mañanas salía a la terraza, siempre muy arregladito él.

– Tampoco tenía nada de malo, solo mojarse un poco si estaba lloviendo. Por cierto, comienza a llover. ¿ Nos resguardamos en el portal ?

– Como usted diga, inspector.

– Me decía que todas las mañanas salía a la terraza. Por la de hoy, lógicamente, no le pregunto.

– Siempre. Bueno, casi siempre, porque ayer domingo no salió.

– ¡ Aja !

– Cada mañana, a las ocho menos veinte le veía salir, puntual como un reloj, pero de esos japoneses, de los de pila, porque los de cuerda se retrasan, o incluso se paran si una no está atenta. Se lo digo porque yo tengo uno de esos, de los cuerda. Era de mi madre.

– ¡ Aja !

– Siempre la saludaba.

– ¿ Su madre saludaba a la cuerda ?

– No hombre, no, hablo de él.

– ¡ Ah ! Ya me parecía. Prosiga, por favor.

– Hablaba con ella, aunque no sabría decirle de qué: desde mi terraza sólo le veía mover los labios. Luego se despedía y desaparecía en el interior de la casa.

– Me dice que hablaba con ella, pero… ¿ a quién se refiere con “ella” ?

– A la chica.

– Una vecina.

– ¡ Inspector, cómo se nota que hoy es lunes ! Le estoy hablando de la chica del anuncio.

– ¿ Perdón ?

– Sí, la de ese letrero, el que hay en la azotea del edificio de enfrente, justo delante de la ventana. Había estado allí hasta el viernes pasado.

– ¿ La chica ?

– La chica y el letrero. Inspector, le noto algo espeso.

– Creo que se equivoca.

– ¿ En lo de espeso ?

– No, en lo de la chica y el letrero.

– ¿ Lo dice porque ya vuelve a estar en su lugar ?

– Disculpe, tiene usted razón, debería de haberme dado cuenta antes. Ya me lo había advertido uno de los obreros.

– Lo estaban transportando cuando ocurrió lo del… lo del…

– Lo del accidente.

– Sí, eso era lo que quería decir.

– Pero el agente me ha dicho que usted le ha dicho que no ha sido un accidente.

– No, mucho me temo que no lo ha sido. Es que me cuesta mucho llamarlo por su nombre. Era un chaval tan joven…

– Me decía que el letrero colgaba de la grúa cuando…

– ¡ No ! Yo no le he dicho eso. Yo le he dicho que lo estaban transportando cuando ocurrió el…

– El accidente.

– No, lo otro.

– Tiene razón, lo otro. ¿ Y no lo hicieron con la grúa ? Me refiero a transportar el letrero.

– No era necesario. Siempre estuvo en la azotea, pero tumbado. De hecho, no se veía: cualquiera habría dicho que se lo habían llevado.

– Comprendo.

– ¿ Comprende ?

– Creo que sí.

– Pues yo no.

– Entre un par de obreros, ¿ verdad ?

– ¿ El qué ?

– Que volvieron a colocar el letrero entre un par de obreros.

– Tres para ser exactos. Debe de ser bastante pesado.

– Sin duda.

– Dos lo sujetaban por delante mientras un tercero trasegaba por detrás. Lo sé porque de vez en cuando salía a coger piezas. Tornillos, supongo.

– ¿De detrás?

– Sí, eso he dicho.

– ¿ Y los otros dos lo sujetaban por… ?

– ¿ Es que acaso es sordo ?

– No, señora, no lo soy. Sólo estoy intentando imaginarme la posición que ocupaba cada obrero con respecto al letrero.

– ¿ Y eso es importante ?

– En este caso sí. Mucho. ¿ Podría indicarme dónde estaban los otros dos obreros ?

– Ya se lo he dicho antes: delante.

– ¿ Podría ser más concreta ?

– Uno sujetaba aquel lateral, el más próximo a los pies.

– ¿ Y el otro ?

– Apoyado en el frontal.

– ¿ A qué altura ?

– En el torso de la chica. Me acuerdo porque puso una mano en cada pecho y todos le rieron la broma.

– Tal vez no a todo el mundo le hizo tanta gracia.

– Yo creo que sí: ya le he dicho que los vi reír.

– Me lo ha dicho, cierto. Y también le dijo al agente que su vecino extendió el brazo antes de…

– Sí.

– ¿ Y no hizo nada más ?

– Sí, hizo algo más.

– Que fue…

– Gritó.

– Lógico. Póngase en la situación.

– Si lo hubiera escuchado no diría eso.

– Escuchado… ¿ el qué ?

– Lo que dijo.

– Pero me ha dicho que gritó.

– Pero no lo que gritó.

– Pensaba que sólo había chillado.

– Eso es lo que piensa usted.

– Entonces dijo algo.

– ¡ Claro ! ¡ Es lo que estoy intentando decirle desde hace media hora !

– Y sospecho que lo dijo gritando.

– ¿ Aún lo sospecha ? ¿ Es que acaso quiere que se lo deletree ?

– No será necesario: me es suficiente con saber lo que dijo. Porque lo pudo escuchar, ¿ no es así ?

– Por supuesto. Soy anciana, pero no sorda.

– ¿ Y fue… ?

– Fueron, porque gritó varias cosas antes de saltar.

– Ajá. ¿ Y las recuerda ?

– Por supuesto. También tengo una excelente memoria.

– No se me habría ocurrido ponerlo en duda.

– Le echó en cara por qué le hacía aquello.

– Ajá.

– También quiso saber dónde había estado el fin de semana.

– Ajá.

– Y ya en el quicio de la ventana, justo antes de saltar, le preguntó si se había ligado sólo a uno, o a los tres.

– Aaaajá. ¿ Y eso fue todo ?

– No, ya había saltado cuando aún tuvo tiempo de añadir algo más.

– ¿ Que fue… ?

– Algo feo, muy feo.

– ¿ Y eso tan feo fue… ?

– Guarra. La llamó guarra.

– Comprendo.

– Eso ya lo dijo antes, y desde entonces no ha cesado de preguntar. ¿ Está usted seguro ?

– No lo dude.

– Pues tenga la gentileza de explicármelo.

– Antes una última pregunta.

– Eso significa que todavía no lo ha comprendido.

– Consideraba a su vecino una persona… ¿ normal ?

– ¿ Normal ?

– Sí, eso es lo que he dicho.

– ¿ Y a usted que le parece ?

– Yo he preguntado primero.

– Creo que la respuesta es obvia.

– ¿ Y cuál es la obvia respuesta ?

– ¡ Que no !

– Que no… ¿ qué ?

– Inspector, ¿ de verdad que no ha pensado en tomarse un par de cafés ?

– Tal vez más tarde.

– Mejor ahora, y después reflexione sobre lo que significa vivir enamorado de la imagen de una chica estampada en un cartel.

*

Este relato ha sido extraído de la recopilación de textos publicada con el título

Quince relatos para 15 momentos… “tontos”.

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Separador clásico

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1 Comentario
  • Jana Ballesteros

    13 Febrero, 2017 at 8:38 pm Responder

    Ha sido un placer volver a leerte Rubén.. a pesar del triste y trágico final…
    Me he prometido poco a poco retomar tus relatos.. 😉
    Un saludo , Jana.

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