No tomarás el lugar de Dios en vano

La cena

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  Capítulo 28

LA CENA

Fecha: Año 2017

(Veintiocho años antes)


(Una relación de los principales personajes de la novela la encontrará aquí)

Separador clásico

Quince minutos después

Apartamento de Patty March

Helsinki (Finlandia)

 

Patty cruza la puerta en el preciso momento en que Irina sale del baño: su desnudez la oculta una toalla enrollada, desde las axilas hasta las rodillas.

–Hola Patty. Acabo de terminar. Todo tuyo si lo quieres.

–Buenas tardes Irina, muchas gracias.

–¿Eso es la cena?

–Acordamos que hoy me encargaba yo. ¿Lo recuerdas? He comprado sopa de calabaza para las dos, y arenque del Báltico asado al horno para ti.

–¿Y tú? ¿Carne como siempre?

–Hoy tomaré estofado de reno.

Ya en la cocina, saca los envases de la bolsa y los apila sobre una diminuta repisa de teca. Todos los productos son del tipo abrir, calentar y comer. Media hora más tarde las dos están sentadas alrededor de una mesa redonda, también minúscula, en el comedor y dando cuenta de la cena.

–¿Qué tal te ha ido hoy? –pregunta Irina, que apura la última cucharada de sopa.

–Fatal.

–¿Qué ha pasado?

–Déjalo, ahora no me apetece hablar de eso. ¿Y a ti? –se interesa Patty.

–Como siempre. De no haber sido por un estúpido error, hoy habría obtenido la molécula de ADN recombinado que Magnus está esperando, pero se me ha contaminado el cultivo en el último momento. Mañana lo volveré a intentar.

–Bueno, al menos has tenido más suerte que yo. ¿Cómo lo has hecho?

–Con un PCR. Lo aprendí en Madrid.

–No sabía que habías trabajado allí. ¿Cómo fue?

–Por casualidad. –Irina aprovecha para apilar los dos platos vacíos mientras continúa hablando: Patty también ha terminado la sopa–. Cuando estaba cursando estudios superiores en Moscú, se firmó un acuerdo de intercambio de estudiantes universitarios entre mi país y España. Decidí inscribirme, y lo que inicialmente tan solo iba a ser una colaboración de un año, se prolongó hasta finalizar mis estudios en la Universidad Complutense de Madrid. Posteriormente encontré trabajo como becaria en el CBM.

–¿CBM?

–Es la abreviatura del Centro de Biología Molecular.

– ¡Ah! No había escuchado hablar de él. ¿Y qué hacías ?

–Muchas cosas, era un lugar realmente interesante. Participé en diversos proyectos, pero el más atípico de todos fue uno de tipo multidisciplinar con la entonces directora del Departamento de Biología Molecular. Se llama Pilar Pérez. Por lo visto es una mujer muy bien considerada en su campo. Tal vez hayas oído hablar de ella. –Patty niega con la cabeza–. En el proyecto también colaboraban especialistas de otras disciplinas: criminólogos, historiadores, médicos, biólogos, antropólogos forenses, juristas… todos trabajando en los restos momificados de un antiguo presidente de Gobierno español. Creo recordar que le llamaban Prim… el general Prim, un tipo que había muerto a finales del siglo XIX.

–¿Y qué es lo que buscabais?

–Confirmar el motivo de su muerte. La versión oficial era que su fallecimiento había sido a consecuencia de las heridas causadas por un atentado del que había sido objeto unos días antes. Si bien, nuestra investigación concluyó algo muy distinto. –Patty arquea las cejas–. No murió por aquellas heridas, entre otras cosas, porque no le habían afectado a ningún órgano vital.

–¿Y entonces?

–Le estrangularon mientras estaba convaleciente.

–Vaya, alguien se aseguró de rematar bien el trabajo –observa Patty, que aprovecha para llevarse un trozo de estofado a la boca.

–Eso es lo que a todos nos pareció entonces.

–¿Y qué pasó después?

–Seguí trabajando con Pilar hasta que supe de la oferta de trabajo de NBC en Helsinki; además, coincidió con su ascenso a directora de Departamento de Dinámica y Evolución del Genoma del CBM.

–¿Y no tuviste problemas para dejar tu puesto de becaria?

–La verdad es que no. Pilar siempre estaba muy ocupada, particularmente desde que había regresado de una expedición en el Ártico. Se pasaba la vida disculpándose por no poderme prestar atención. Así que, cuando le expuse la oferta de NBC, no solo comprendió mi interés por ella, sino que además me animó a aceptarla. Todavía me llama de vez en cuando para preguntarme cómo me van las cosas.

Irina coge la botella de Lapin Kulta y la vacía de un trago. Pregunta a Patty si desea otra cerveza antes de marchar hacia la cocina: con este, ya son cinco los envases vacíos que hay sobre el mantel. La americana niega con la cabeza antes de volver a preguntar.

–Por cierto, ¿sabes en lo que estás trabajando?

–¿A qué te refieres? –repregunta Irina desde la cocina.

–Pues… por ejemplo… si te han explicado el objeto de esa molécula de ADN recombinado que Magnus te ha encargado.

–No, la verdad es que no tengo ni idea. –Se percibe el sonido de la puerta de la nevera al cerrarse.

–¿Y no te parece un poco extraño?

–¿Acaso te preocupa? –responde Irina ya de regreso. Toma asiento y da un generoso trago a la cerveza recién abierta.

–La verdad, nunca había trabajado de esta forma –se justifica Patty.

–¿Has trabajado en mucho sitios antes de llegar a NBC?

Ahora es Irina quien se muestra interesada por el pasado de su compañera de piso. Antes de responder, Patty se toma unos instantes para escoger la respuesta más adecuada.

–No –terminar por decir–, pero tampoco recuerdo haber visto tantas medidas de seguridad, tanto… tanto secretismo, ya sabes a lo que me refiero.

–No sabría decirte, yo solo he trabajado en el CBM, por lo que no tengo mucha experiencia en estas cosas. Lo que sí te puedo asegurar es que no era como NBC. ¿Me das un poco?

–Cógelo, es mucho estofado para mí. Por cierto, ¿te han facilitado acceso a la base de datos del ordenador central?

–Sí, pero restringido. Supongo que como a ti. Mi nivel de seguridad es de tipo siete. ¿Y el tuyo?

–El mismo. –Patty mastica un trozo de carne mientras juzga cómo hacer para continuar con el encargo de Nicholas–. ¿Y conoces a alguien con uno superior?

–Sí, claro.

– ¿Ah, sí? ¿Y se puede saber el de quién?

Irina se da cuenta de que se ha precipitado al responder. Su cara, hasta entonces redonda y blanca, se torna en redonda y colorada. A Patty no le pasa desapercibido el cambio. Por el color de su tez, más propio de una adolescente que de un adulto, deduce que se trata de un varón. Pincha otro trozo de estofado simulando no haberse dado cuenta.

–Bueno, no sé si te lo puedo decir…  –es la esquiva respuesta de la rusa.

–Somos compañeras de piso, ¿verdad? –Antes de que Irina afirme con un movimiento de cabeza, Patty ya ha decidido arriesgarse: tal vez sea la oportunidad que lleva esperando desde hace semanas–. Y las compañeras de piso –prosigue– no tienen secretos entre ellas, particularmente cuando se trata de un nuevo chico –apostilla.

Irina sucumbe: acompaña sus gestos con una encantadora sonrisa.

–Es que… bueno… todavía llevamos saliendo poco tiempo. Se trata de Berg.

–¿Berg Virtanen? ¿Estás saliendo con ese bombón?

Berg Virtanen es uno de los empleados del departamento de informática de NBC Helsinki. Patty recuerda haber coincidido con él en alguna ocasión, en la cafetería, normalmente durante la hora de la comida. No le parece gran cosa, pero tiene el presentimiento de que seguir indagando en aquella dirección le llevará a buen puerto.

A ella… y también a Nicholas.

–Es guapo, ¿verdad? –escucha decir a Irina con cara embobada.

–¡Qué suerte tienes! Seguro que eres la envidia de todo el departamento.

La rusa sonríe visiblemente complacida. Y también nerviosa. En cierto modo, su lenguaje corporal transmite la pugna desatada en su interior: seguir manteniendo ocultos sus más íntimos secretos, o compartirlos con su compañera de piso. Finalmente se decanta por esta última opción.

–Bu… bueno, lo cierto es que… es que no lo sabe nadie; o mejor dicho, no lo sabía nadie hasta hace un momento. Salimos desde hace un mes y… y siempre nos vemos en su apartamento.

–¡Vaya! –exclama Patty fingiendo sorpresa–. No sabía que estorbaba, porque de ser así… –Deja la frase intencionadamente inacabada.

–¡No, no! En modo alguno he querido decir eso –se excusa Irina–. Pero ya conoces lo estrictas que son las normas de NBC, por eso preferimos ser discretos. Además, eres una excelente compañera, lo digo de verdad.

–Pero entonces hay algo que no termino de comprender: ¿qué tiene que ver tu Berg con los niveles de seguridad de NBC?

–No se lo dirás a nadie, ¿verdad?

–Mis labios están sellados –replica Patty, llevándose el dedo índice a la boca.

–Berg es responsable de mantener actualizado el fichero de usuarios.

–¡No me irás a decir que te ha dicho las claves de acceso! –vuelve a fingir Patty, ahora en forma de inocente sonrisa.

–¡No, claro que no! Si lo hiciera perdería el puesto de trabajo. Pero en una ocasión me quedé trabajando en la oficina hasta tarde y fui a verle. Él estaba concentrado, tecleando en el ordenador y no me escuchó llegar. Decidí acercarme por la espalda, taparle los ojos y besarle.

–Muy romántico, pero no entiendo la relación entre el beso y los niveles de seguridad.

–Estaba actualizando el acceso de alguien, así que mientras me acercaba leí un nombre en el monitor, pero me resultó desconocido y no presté mayor atención. Pero sí me fijé en el usuario y la clave de acceso que aparecían en la parte superior de la pantalla.

–¿Y?

–Eran los de Berg.

–¡Supongo que no se lo dirías!

–¡No, claro que no! –responde Irina asustada–. ¡Se habría enfadado conmigo!

*

Las dos compañeras de piso todavía permanecen en la mesa. Una docena de envases vacíos de Lapin Kulta custodian los restos de la cena: ahora es una botella de Finlandia la que ocupa el centro del tablero. Patty recuerda perfectamente solo haber bebido tres cervezas.

–¡Na zdorovje! –exclama Irina que alza el vaso de cristal: ahora se muestra radiante y especialmente locuaz. Y por supuesto, del todo desinhibida.

–¡Salud! –repite Patty, confiada en que antes de haber dado cuenta de la botella de vodka, la rusa haya compartido con ella las claves que Berg utiliza para acceder al sistema informático.

Entrechocan los vasos y dan el enésimo trago. Cuando los recipientes regresan a la mesa, solo el de Irina está vacío. Patty coge la botella de Finlandia y se lo rellena.

Al suyo, todavía no le hace falta.

Ni le hará.

*


Fin del capítulo

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Este texto corresponde a No tomarás el lugar de Dios en vano, una novela de Rubén C. Morató.

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