Quince relatos para 15 momentos... "Tontos"

La fábula del viajero (un relato para los que seguimos siendo niños)

La fábula del viajero

(El viajero)

(un relato para los que seguimos siendo niños)

– Juan, que vas a llegar tarde al colegio.

El pequeño aparece en la cocina corriendo. Deja la vieja mochila sobre el suelo, apoyada en la pared, una mochila en cuyo interior guarda los libros de texto, todos de tercera mano, algunos incluso de cuarta.

– Buenos días mamá.

– Hola hijo – contesta la mujer de cincuenta primaveras. Aprovecha para besarle en una de las mejillas –. Estamos a fin de mes – añade –. Lo siento, solo tenemos esto para desayunar.

El pequeño se abalanza sobre el único trozo de pan tostado. Una traslúcida capa de mermelada de fresa cubre la mitad de la superficie. La otra… la otra es solo eso: pan tostado.

– Me sobra – responde el chaval con una pícara sonrisa.

La madre se la devuelve, pero de ese modo que denota tristeza, una tristeza propia del que sabe que ese crío, el que ahora da cuenta del mendrugo de pan, pasa hambre desde hace dos días. Le acaricia la abundante mata de pelo que corona sus noventa y ocho centímetros de altura.

– ¿Llevas hechos los deberes?

– ¡Hasta los de matemáticas! – exclama con gozo el pequeño.

– Eso está bien.

– Mamá, ¿puedo preguntarte una cosa?

– Claro hijo.

– ¿Por qué estudio en lugar de ayudaros a ti y a papá? Si yo trabajase… también podría ganar dinero.

La mujer le arrulla con esos ojos con los que tan solo una madre sabe mirar a su hijo.

– Juan, ahora tu obligación no es la de ganar dinero, sino la de estudiar. Solo así algún día llegarás a ser alguien.

– ¿Y entonces os podré ayudar?

La madre vuelve a sonreír en mudo silencio. Se sienta junto a su vástago y coge entre sus manos el vaso de cristal, lo único caliente en la cocina. En esta ocasión la bolsita de infusión apenas si ha enturbiado ligeramente el color del agua: ya son seis los desayunos que lleva a cuestas. Se mece en la silla, no porque sea una de esas que portan balancines, sino porque ceden las patas traseras.

Juan se sigue aplicando al desayuno: del pan tostado ya no quedan ni las migas. Ahora da cuenta del vaso de leche. O mejor dicho, del medio vaso de leche, todo lo que almacenaba la despensa familiar.

– ¡Ya está! – exclama el pequeño. El vaso regresa al tablero de la mesa.

– Antes de salir abrígate. Hoy hace mucho frío en la calle.

Ha terminado de pronunciar estas palabras cuando una nubecilla de vaho abandona el calor de su boca: tal vez en la calle no haga mucho más frío que en el interior de la casa.

El pequeño obedece. Se pone el abrigo de pana, el de color marrón, limpio como la patena, pero con numerosas señales que dan a entender que hubo un tiempo en que en ellas también hubo bastones de algodón. Luego coge la mochila, la de los libros: a punto si está de perder el equilibrio.

– ¿No pesa mucho? – pregunta la madre.

– N…. no… no más de lo habitual – elude responder el pequeño –. Solo llevo libros.

– ¿Seguro que no llevas nada más?

– No, mamá, no. Solo libros. Te lo prometo.

– Te creo hijo, te creo. Dame un beso y ponte en movimiento no sea que llegues tarde al colegio.

– No te preocupes mamá – se le escucha decir desde la calle. Luego inicia una carrera propia de un niño de su edad: ágil, informal, veloz y zigzagueando entre los transeúntes que a esa hora de la mañana pueblan las aceras del barrio, todos ajenos al contenido de la mochila.

*

La vía de agua hace imposible mantener el navío a flote. Y aunque así lo fuera, la goleta ya es ingobernable: el timón partido, el palo mayor a punto de hacerlo y la cangreja flameando. En esas condiciones no se puede sortear la tormenta. El Albatros agoniza, pero no su capitán, al que todos llaman “León”, aunque su verdadero nombre sea “Pinchacoladeleón”:

– ¡A los botes! – ordena –. ¡He dicho que todos a los…!

Los miles de litros que anegan la cubierta ahogan sus últimas palabras. Los pies pierden el contacto con la madera. Su cuerpo queda suspendido en mitad de la masa acuosa. No se mueve, o mejor dicho, durante el tiempo que dura un parpadeo no se mueve, pues ahora se sabe empujado hacia la borda, hacia esa pared de madera convertida en la antesala de un abismo, un infierno que le aguarda a tan solo quince metros por debajo: el envite de la gigantesca ola ha sido colosal.

Se debate. Sus manos intentan alcanzar algo con lo que zafarse de su fatídico destino. No hay suerte. Con las uñas ara la mugrienta cubierta con la esperanza de toparse con un cabo, o con una traca desprendida, o con un simple trozo de regala con el que permanecer a flote tras la inevitable caída. El cómo sobrevivir tras el naufragio ahora no es un problema: primero hay que mantenerse vivo. Lo contrario, en cambio, sí es un problema. Cede la uña del dedo índice. A continuación la del anular, también arrancada de cuajo. En cualquier otro momento el daño habría sido insoportable, pero no ahora: otros cinco metros y desaparecerá en el mar.

Se revuelve sobre sí mismo: ahora son los tacones de las botas los que rasgan la madera. En mitad del agua sus ojos ya no le son de utilidad. Mucho menos sus oídos. Por eso no escucha la voz, la del grumete, el único que se ha percatado de su tragedia. El mocoso de poco más de diez años recoge el cabo tan rápido como su delgado cuerpo se lo permite. Tres metros y su capitán habrá desaparecido por la borda. Haciendo acopio de todas sus fuerzas lo lanza otra vez en dirección al hombre que ya se despeña por la regala.

Siente ceder el suelo del navío cuando algo le golpea la cara. Con las dos manos intenta aferrarse a ese objeto tan familiar, pero no lo consigue: el cabo se le escurre de entre los dedos. El roce le desolla las manos. Tampoco es importante, pues sabe que ya está cayendo. Con un giro de muñeca rodea el antebrazo con el cabo. La catarata de agua sigue hacia su destino, es decir, hacia el mar, pero ya sin él: el tirón ha sido brutal, hasta el punto de que sospecha que se ha dislocado el hombro. Aun así tampoco es importante, porque ha logrado salvar la vida, al menos, por el momento.

– ¡Aguante capitán, aguante! – escucha decir por encima de su cabeza –. Voy a por ayuda.

León sonríe, pues esa voz solo puede ser la de su grumete, ese chaval que había encontrado en las bodegas al inicio de la travesía, embarcado sin su consentimiento, y mucho menos con el de sus padres. Sin embargo el mocoso había sabido ganarse la ración diaria desde un primer momento. Y a partir de ahora… también su respeto.

*

– Juan, ¿por qué no has querido ser hoy mi pareja? – El que ha preguntado es Jorge, su amigo y compañero de pupitre. También un figura de las canicas.

– Estaba ocupado.

– ¿Con eso?

– Sí, con esto.

– ¿Y no te aburres?

– No, no me aburro.

– Pero hoy era la final. Te lo había dicho.

– Sí, me lo habías dicho. Y yo también te había advertido que no la jugaría. ¿Qué tal ha ido?

– Fatal: hemos perdido.

– ¿Mucho?

– Dos bolones y cuatro americanas, de las buenas. Nos han dado una paliza.

– Lo siento.

– Yo más. Oye, ¿puedo hacerte una pregunta?

– Estoy ocupado.

– ¡Pero si estamos en la hora del recreo!

– Razón de más.

– ¡Pero qué mosca te ha picado con eso! Desde hace dos semanas no haces otra cosa.

– Porque no hay otra cosa mejor que hacer.

– Pero si solo es…

Juan le interrumpe.

– Te he dicho que estoy ocupado. Necesito silencio para concentrarme.

– Yo sé lo que tú necesitas.

A Juan le resulta evidente que Jorge no le va a dejar en paz.

– A ver sabiondo, ¿qué es lo que necesito? – termina por preguntarle.

– Nos ofrecen una revancha: cinco bolones y diez americanas al mejor de cinco. Si ganamos, la mitad serán tuyos.

– Cinco es un número impar.

– Pues lo echaremos a suertes.

– Mejor al que falle gua.

– Cuantos palmos

– ¿Te parecen diez?

– Mejor quince.

– Hecho.

– ¿Cuando?

– ¿Cuando el qué?

– ¡Pues la revancha!

– Cuando haya acabado con esto, – responde Juan.

– ¿Y eso cuándo será?

– Dentro de un par de semanas.

– ¡Tanto!

– A lo mejor incluso más.

*

¡Uácc! ¡Uácc! ¡Uácc!…

– Chssss, silencio. No los vemos… pero están ahí, vigilantes, entre los árboles.

– Hay miles – se le escucha susurrar al contramaestre.

– ¿De aborígenes?

– No – vuelve a susurrar el contramaestre –. De árboles. A ellos no les veo.

– Nadie les ve antes de morir – añade el segundo oficial.

¡Uácc! ¡Uácc! ¡Uácc!…

– ¿Qué… qué es eso? – pregunta el joven grumete.

– Pájaros.

¡Cronch!

– ¡Al suelo! – ordena el capitán alzando la voz: ya no tiene sentido seguir ocultándose. El crujido de la rama les ha delatado.

¡Fiuuu!

– ¡Por ahí! ¡deprisa! – indica León mientras se levanta y arranca la flecha que le acaba de atravesar el sombrero. Un poco más, y no lo cuenta.

Los diez supervivientes del naufragio inician una frenética carrera. Se dirigen hacia las rocas.

¡Fiuuu! ¡Fiuuu! ¡Fiuuu! ¡Fiuuu!

Las flechas alfombran el suelo que pisan. La carrera se ha convertido en tragedia, y también en el preludio de una muerte segura. El segundo cae; el grumete va a decir algo cuando León se le anticipa:

– No te detengas y sigue corriendo. Le han atravesado el corazón, al menos dos de las flechas. No podemos hacer nada por él. ¡Corre!

Los pies del chaval apenas tocan el suelo. Su ritmo es ágil, informal, veloz. Quiebra entre los juncos sin tropezar. Salta la charca. Luego el hito de piedras: se impulsa con las piernas y apoya la mano izquierda a modo de pértiga. Dribla un árbol. Luego otro. Ahora avanza recto, sin mirar atrás: solo tiene ojos para la abertura que se descubre ante él. Una flecha le roza el hombro. No se detiene, pero percibe la tibieza de la sangre que le resbala por el brazo. Si está herido, le da igual, porque su objetivo se encuentra a menos de una docena de metros.

Está corriendo hacia el interior de la gruta cuando se detiene en seco: a punto si está de perder el equilibrio. Jadea. Sus ojos no se apartan del animal. Ni los del yaguareté de los suyos: ¡ha pretendido invadir su guarida!

No hay aviso previo.

La bestia se abalanza sobre él. Lo ha hecho en un abrir y cerrar de ojos. Antes de que el joven pueda reaccionar el animal ya está a escasos metros de su cuello: no anda, ni corre, pero sí vuela. El salto ha sido salvaje, propio de su clase felina, que a fin de cuentas, es lo que es.

Ya se da por muerto cuando un cuchillo se interpone entre su cuello y las fauces de la bestia: el acero desaparece entre los afilados colmillos. También la mano que lo empuña. Antes de que el crío pueda comprender lo que está sucediendo cae al suelo: los cien kilos del animal le han golpeado. Grumete y fiera ruedan por la hierba, el uno herido y el otro muerto.

Todavía no se ha detenido cuando una mano le coge por el cuello de la camisola. Le alza. Sus pies no alcanzan a tocar el suelo cuando ve el ensangrentado cuchillo del capitán apuntando hacia la guarida: – ¡sigue! – le dice –. ¡Es nuestra única opción! Si logramos alcanzarla tal vez salvemos la vida. Si nos quedamos aquí, moriremos, como todos los demás.

*

– Hola mamá.

– Hola hijo. ¿Qué tal te ha ido en el colegio?

– Hoy he aprendido la raíz cuadrada.

– La raíz cuadrada… ¿y eso para qué vale?

– Pues no lo sé, pero es muy divertida. Todo comienza dibujando una línea quebrada como esta. – Juan le muestra su cuaderno escolar –. ¿Ves? Aquí dentro, en la parte izquierda se pone el número cuya raíz se quiere calcular. Y aquí, a la derecha, se hacen estas cajitas y…

– Uf, me parece muy complicado – le interrumpe la madre.

Ahora es el pequeño quien la mira con inusitada ternura. La coge de la mano antes de responder.

– Mucho menos de lo que parece. Todo es ponerse.

– ¿Tienes deberes?

– Sí, cuatro raíces cuadradas.

– Pues entonces quédate aquí, en la cocina. Ahora te limpio la mesa de cacharros: la estufa está encendida.

– Pero mamá, yo prefiero estudiar en mi habitación.

– Hijo, está helada, como el resto de la casa. Este es el único lugar confortable.

– Pues encendemos la calefacción.

– ¿Es que ya no te acuerdas de lo que te dije esta mañana?

– ¿Que había poco pan para desayunar?

– También, pero me refería al motivo.

– ¡Ah! Entonces tampoco podemos…

– No hijo, no. Hasta que papá no llegue y sepamos si esta semana ha cobrado los atrasos, no podemos.

*

El Sol abrasa. La arena parece infinita. León le precede y él a duras penas puede seguirle. Hace horas que sus entumecidos pies ya no sienten la temperatura del terreno que pisan. En cierto modo así es mucho mejor, porque de lo contrario no avanzarían, aunque lo hagan sin rumbo conocido. Están perdidos. Se han extraviado en el desierto del Goby, un paraje de más de un millón de kilómetros cuadrados.

– Capitán, tengo sed.

León prosigue el imperceptible avance. El joven grumete, ahora menos joven, pues ya son cuatro años los transcurridos desde que abandonaran la selva boliviana, insiste.

– Capitán, necesito beber.

Leon se detiene. Se vuelve hacía su discípulo. También le habla, pero no para decirle lo que ansía escuchar.

– Ahora no, más tarde, cuando anochezca. Apenas si nos queda más agua que la de esta cantimplora. – Alza el recipiente –. No podemos desperdiciar ni una sola gota. Nuestra vida va en ello.

El que fuera grumete del Albatros no encuentra fuerzas para contestar. Y aunque las hubiera encontrado, no lo habría hecho: de sobra sabe que al capitán Pinchacoladeleón no se le discute, jamás. Todos los que lo han hecho en el pasado ahora están muertos. Y no por culpa del capitán, sino por su propia negligencia, pues cuando decidían ignorar sus instrucciones… decidían toparse con la muerte, una dama a la que al capitán siempre ha sabido dar esquinazo, al menos, hasta el momento.

León reanuda su lento andar. El joven también lo intenta: avanza una docena de pasos. Se detiene. Avanza otra docena. Se cae. Se levanta. Media docena de metros más y vuelve a caer de bruces, contra la arena. Sus brazos, ahora inertes, no han podido protegerle de la caída. El calor es sofocante. La luz excesiva. La arena hirviente. Sin embargo… sin embargo ya todo le da igual. Sabe que en esta ocasión el capitán se ha equivocado: van a morir.

En esta ocasión “la dama” les ha dado alcance.

Sumido en su inconsciencia ignora la nube de polvo que se divisa en el horizonte. Se dirige hacia ellos. Y ellos, hacia la nube. Y son “ellos” porque los dos prosiguen el lento avanzar: el capitán sobre sus piernas, y él colgando de sus hombros. Porque Pinchacoladeleón jamás abandona a sus hombres. Y por supuesto, tampoco lo hará hoy.

Hombre y adolescente, sin saberlo, se dirigen hacia su nuevo destino, y también hacia una nueva aventura. Antes del anochecer “la nube” les habrá alcanzado. Esa noche no dormirán al raso, sino en la tienda de su anfitrión, en la tienda de Suleimán, grande entre los grandes, rico entre los ricos, y también señor de una pequeña parte de aquellas inmensas tierras.

Porque una pequeña parte de un “mucho”, de siempre, ha sido un “mucho”.

*

– Papá, ¿puedo hacerte una pregunta?

– Te escucho.

– ¿Cuánto tiempo se tarda en ir al Caribe?

– ¿Al Caribe? ¿Y tú por qué quieres saber eso?

– Pues para volver.

– Pero hijo, si apenas tenemos para comer y tu… ¿y tu pretendes viajar al Caribe?

– Sí.

– Juan – tercia la madre –, no se dice “volver”, sino “ir”. “Volver” se utiliza cuando uno ya ha estado en un lugar.

– Pero es que yo ya he estado – se justifica el crío.

Los padres sonríen al unísono.

– Y también en el desierto del Goby – prosigue el vástago –. Y en un barco muy grande, de esos que tienen velas…

La ceñuda expresión del padre no deja lugar a dudas de su desagrado con la respuesta del pequeño.

– ¿Y todo eso cuándo ha sido?

– Pues… hoy.

– ¿Hoy? Pero hijo, ¿sabes cuánto se tarda en ir desde el Caribe hasta el desierto del Goby?

– No, por eso te lo pregunto.

*

La cocina está a oscuras. Solo se escucha el crujir de los últimos rescoldos en el interior de la estufa. Pronto se apagarán y será el momento de regresar a la alcoba, fría como un trozo de hielo. El matrimonio aguarda el momento de partir, acurrucados en el sofá de la abuela, el de dos plazas, el que heredaron hace seis años. Sus manos están entrelazadas. No hablan, o mejor dicho, no se hablaban, aunque tampoco habría sido necesario, porque sus pensamientos confluyen en la habitación de al lado, donde duerme Juan, su pequeño.

– Cariño, ¿qué opinas?

– No sabría decirte, pero me preocupa. Siempre le hemos dicho que mentir está muy mal, que es preferible que te tachen de pobre antes que de mentiroso.

– ¿Lo habrá escuchado decir en el colegio?

– ¡Dónde si no! ¿Es que acaso tenemos pinta de haber viajado alguna vez más allá de Segovia ?

Unas arruguitas aparecen en la comisura de sus labios al sonreír.

– Nunca he necesitado salir del barrio para sentirme feliz a tu lado – le susurra ella.

– Ni yo, cariño, ni yo, aunque me hubiera gustado llevarte a todos esos sitios.

– Pero lo que no entiendo es por qué lo hace.

– Yo tampoco.

– Él sabe que nunca hemos viajado. Y aún así, insiste en que ha estado en…

– Bueno, tal vez necesite aparentar ante sus compañeros.

– ¿Sabes lo que pienso?

– Sí, que se avergüenza de nuestra condición e intenta hacer creer a todos que…

– ¿De verdad lo crees?

– No; solo pretendía encontrar una explicación a su comportamiento.

*

– Juan. Juan. Hijo, despierta, ¡que vas a llegar tarde al colegio! ¿Sabes qué hora es? Hoy se te han pegado las sábanas.

– Cinco minutos, mamá. Cinco minutos más.

– No hijo, hoy no puede ser, tienes que…

¡Plof!

La frase queda inacabada. La madre observa la silueta del objeto que ha resbalado de entre las mantas. Al tacto lo reconoce como un libro, grueso, de esos de tapas duras. Lo coge. – ¡Cómo pesa! – exclama para sí misma –. Ahora comprendo por qué ayer el pobre no podía con la mochila. Este debe ser el libro de las… de “las no se qué cuadradas”.

Vuelve a insistir.

– Venga hijo, en pie y a vestirse. – Mantas y sábanas se elevan dejando a la vista el cuerpecito del pequeño hecho un ovillo. Le acaricia la mata de pelo. Se dirige hacia la puerta. Está cruzando el umbral cuando se vuelve y dice –: Hoy tenemos para desayunar pan blanco, mortadela, algo de aceite y un litro de leche. – Luego, como si fuera un secreto entre ellos dos, añade –: Tu padre cobró ayer. Nos espera en la cocina: hoy desayunaremos todos juntos. Venga, no te hagas de rogar.

La mujer sale de la habitación, lo que significa que entra en la cocina porque lindan pared con pared. Lleva el libro entre las manos. Lo deja sobre la mesa, próximo a la mochila del pequeño.

– ¿Qué es eso? – se interesa el esposo.

– Supongo que el libro de matemáticas. Ayer me dijo que le habían mandado unos deberes de algo que tenía que ver con ellas.

El esposo se interesa por el texto, un ejemplar inusualmente grueso, con las lomeras forradas con papel periódico. Sin pretenderlo el forro se desprende y cae sobre el tablero de la mesa.

– Lo que no entiendo es por qué los hacen tan grandes – prosigue la esposa, ignorando que sus palabras se perderán entre las rendijas de los azulejos de la cocina, las mismas por donde se filtra el viento helado tan propio de esa primera hora de la mañana.

Las velludas y rugosas manos del padre de familia cogen el ejemplar, o mejor dicho, lo acarician. Lo vuelve con una delicadeza propia de un objeto precioso: el titulo queda frente a sus ojos.

La mujer sigue atenta al fogón… y ajena a lo que sucede a sus espaldas.

Por primera vez desde que se conocieran, él no tiene ojos para ella, sino para ese objeto de cartón y papel, un objeto que creía desaparecido en el incendio de la casa de los abuelos. Hace memoria. Se dice que aquello ocurrió en el treinta y ocho… durante la guerra, hace ahora… treinta y cinco años.

Lo abre sabiendo lo que le aguarda en su interior, pues a diferencia de su esposa, él sí tuvo la fortuna de aprender a leer.

La piel agrietada de su dedo corazón recorre el índice del libro. Lo hace lentamente, esforzándose por asimilar el sentido de cada letra, el significado de cada palabra, el contenido de cada frase. Letras, palabras y frases continúan bellamente estampadas, en impecable orden, en perfecta armonía. Se acerca la vela: la primera página del texto queda iluminada.

A medida que avanza en la lectura, sus recuerdos de niñez comienzan a cobrar vida. Se da cuenta de que ha mentido. Y lo que todavía es peor, que la engañada es su esposa, la única persona que siempre ha confiado ciegamente en él. Le ha mentido porque hubo una vez en que él sí viajó más allá de Segovia, mucho más allá, sin ella y a lugares tan recónditos y lejanos que su memoria los había olvidado. Sin embargo sonríe, pues su mentira no le pesa, y lo que todavía es mucho mejor, ahora sabe que su adorado primogénito será un hombre de bien.

– Cariño – termina por decir –, el crío nos ha dicho la verdad. Ella se vuelve con el cazo de leche hirviente todavía pendiendo de la mano –. Juan ha estado en todos esos sitios – añade.

– Cariño, ¿estás bien?

El tono con el que ha pronunciado estas palabras no oculta su incredulidad, más bien, todo lo contrario. Él afirma con un movimiento de cabeza. Se acerca a ella. Abre el libro por la tercera página. Le muestra su contenido: es un dibujo.

– Pero eso es…

Él asiente antes de confirmar sus palabras:

– Esto no es un texto de matemáticas. Esto es…

– ¡Buenos días! – La irrupción del pequeño deja la frase interrumpida –. ¡Ah! – exclama apuntando hacia el libro –. ¡Está aquí! – concluye –.

– Hijo – pregunta el padre –, ¿de dónde lo has sacado?

– Me lo regaló la abuela poco antes de morir.

La madre sonríe.

El padre también.

El pequeño no comprende, pero sabe que tiene hambre.

– Si no desayunamos llegaré tarde al colegio – apremia.

La madre asiente.

El padre también.

Los tres toman asiento alrededor de la mesa, no sin antes devolver el libro a la mochila del pequeño. De ello se encarga el padre, que aprovecha para volver a leer el título de un libro que creía perdido, un solitario título impreso en una cubierta de cartón ajada, con las esquinas deterioradas y con visibles signos de haber sido expuesto a temperaturas extremas. Sin embargo, para el capitán León los años no han transcurrido, ni el joven grumete de poco menos de quince años ha sabido del incendio que acabara con la vida del abuelo, ni mucho menos los negocios del gran visir Suleimán se habían visto afectados por aquella cruenta guerra entre hermanos de sangre.

Entre sus hojas Las aventuras del bravo capitán Pinchacoladeleón perduran en tiempo presente, idénticas a como la mente de aquel anónimo escritor las concibiera, y su pluma… las transcribiera. Idénticas a como su padre las había leído. Idénticas a cómo él supo de ellas cuando tenía la edad de su hijo. Idénticas a como Juan, ahora, las está… viviendo.

En el interior del libro el tiempo no ha transcurrido. Ni jamás lo hará. Incontables generaciones de seres humanos seguirán luchando codo a codo con aquellos personajes. Lo harán desde sus dormitorios a la luz de una linterna que ocultarán bajo las sábanas, o sentados en los contrapesos de unas canastas de baloncesto, de esas que amueblan los patios de recreo, o desde el compartimento asignado en el costado de babor de la planta treinta y siete del transbordador interestelar Magallanes con destino a Alfa Centauri. Todos, sin excepción, durante unas semanas de sus vidas viajarán hasta aquellos lejanos y exóticos lugares, lugares todos ellos que, no lo dude, siempre han estado mucho más allá de Segovia.

*

Este relato tiene un pasado, supongo que como otras tantas cosas de la vida. Yo tenía poco más de diez años cuando mi tío Angel se dirigía a la estantería y, de entre cinco libros, extraía uno, el de color dorado, muy bonito, un libro que puso en mis manos diciéndome:

– “Este es para ti”.

Por supuesto que aquel libro todavía lo conservo: de hecho es el que aparece en la fotografía que ilustra esta entrada. Aquel libro “es” una sucesión de aventuras, historias que ahora siguen acnteciendo en el salón de nuestro hogar, pues allí es donde lo atesoro. Y hablo en presente porque tan sólo necesito abrirlo para volver a viajar, para regresar a “entonces” y volver a escuchar aquel… “este es para ti”.

Mi tío Angel falleció hace muchos años, tantos que ahora no recuerdo cuántos. Por entonces mis veranos transcurrían en el Puerto de Santa María, residencia habitual de la hermana de mi madre, y, en consecuencia, también de mi tío. Eran veranos con noches en las que el mercurio no bajaba de los treinta y, sin embargo, yo me abrigaba con la sábana. Pero no porque tuviera frío, que obviamente no era el caso, sino para ocultar la luz de una gruesa linterna que utilizaba para iluminar las mismas letras, las mimas palabras, las mismas frases que ahora aguardan pacientemente en el salón de nuestro hogar para, algún día, volver a ser leídas.

Lo que significa tanto como decir, para volver a ser “vividas”.

Ese libro, por cierto, es un recopilación de los relatos de Julio Verne.

*

Este relato ha sido extraído de la recopilación de textos publicada con el título

Quince relatos para 15 momentos… “tontos”.

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Separador clásico

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1 Comentario
  • M.Coscollà

    12 Abril, 2016 at 8:35 am Responder

    Precioso este relato, y entrañable la historia que lo inspira. A resaltar, la ternura que emana al inspirarse en una experiencia personal.

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