Quince relatos para 15 momentos... "Tontos"

El mosquito trompetero

El mosquito trompetero

Le escucho. Se me acerca. Me digo que no es posible. Me añado que algo así no me puede estar sucediendo. Pero el sonido de su potente sistema de propulsión le ha delatado. Ordeno al radar que identifique el rumbo de aproximación. Sospecho que se acerca por las “dos”, es decir, a sesenta grados por estribor, o más claro aún, desde la estantería de los libros. Ante la duda declaro estado de emergencia: “Defcon cuatro”.

¿El motivo? ¡Un puñetero mosquito se ha colado por la ventana del dormitorio abierta de par en par!

¡Esto es la guerra!

Analizo las diversas estrategias disponibles.

La primera me resulta obvia: ¡guerra química! A tope, sin piedad, es decir… “el fogo antimosquitos eléctrico”. Desde la cama no alcanzo a verlo, o dicho de otro modo, para verlo tendría que levantarme de la cama. A estas horas un exceso, sin duda.

Dos minutos después me resulta obvio que algo ha fallado: el hiriente sonido sigue invadiendo la alcoba.

Aunque parezca imposible, pues son las tres de la madrugada, inicio un sesudo análisis de las posibles causas de tan inaudito fracaso. Tal vez el chupa sangre equipe contramedidas altamente eficaces, lo que significa decir que es inmune al DDT, al BHC, al DDVP y a la PMP. Otra posibilidad a contemplar es un fallo en la cadena de mando: ¿habré pulsado el interruptor del susodicho aparatejo antes de acostarme? La verdad, no lo recuerdo, pero cualquier cosa mejor que levantarme para verificarlo. Además, de ser así, ya es tarde. Y por último, también cabe la posibilidad de un problema de intendencia: ¿habré puesto la pastilla antes de encenderlo?

Con independencia de lo que haya sucedido, me resulta obvio que “la sanguijuela alada” ha sorteado con éxito la primera línea de fuego. Declaro un nuevo estado de alerta: “Defcon tres”, o lo que es lo mismo, movilizo a los antiaéreos.

Entre tanta oscuridad no resulta fácil apuntar. Las modernas técnicas basadas en la triangulación resultan un estrepitoso fracaso: me falta una oreja, pues como de todos es sabido, nací solo con dos. Por cierto, supongo que como la mayoría de ustedes. Mala suerte: habrá que derribarlo sin metodologías “high-tech”, es decir, a la antigua usanza. Para los más jóvenes esto es lo que ahora se conoce como “a ojo”.

A ojo ciego, claro está.

Dejo que se acerque, o mejor dicho, el hematófago no cesa de acercárseme: no es lo mismo, pero el resultado final no diferirá. Además, lo hace sin pudor alguno: ¡mucho peor para él!

Ahora le escucho peligrosamente cerca, tal vez excesivamente próximo a mi yugular. No puedo evitar pensar que sus servicios de inteligencia han hecho un buen trabajo de reconocimiento: ¿lasers cuánticos? ¿modelación TCPK? ¿hipersonidos de banda cósmica?

Despliego mi arsenal en absoluto silencio, pues advierto que un ataque sorpresa será condición necesaria para asegurar el éxito de la contienda. Miro por la ventana: no diviso la Luna, ni mucho menos su resplandor que me ayudaría a localizar al invasor. Tiro de experiencia: por el sonido calculo que está a un palmo de mi cara, tal vez palmo y medio, no mucho más. Sin embargo, un margen de un cincuenta por ciento se me antoja excesivo para asegurar el éxito de la misión. Intento afinar. Por cierto, sin suerte.

¡Fuego!

La mano sale despedida del colchón. Cada uno de los cinco dedos ahora es un misil balístico intercontinental salvando el abismo que media entre él y yo. Autorizo la maniobra de interceptación cuando los misiles alcanzan el ignoto punto de colisión oculto en algún lugar del infranqueable espesor de la oscuridad que me rodea. Por cierto, no se preocupe si esto último no lo ha comprendido, porque yo tampoco, pero queda “muy Hollywood”.

Prosigamos.

Los dedos se cierran, al unísono: ahora mi mano es un puño. Me pregunto si lo habré atrapado. Una opción es abrirla y esperar a que inicie el vuelo.

La otra es escuchar atentamente.

Lógicamente opto por la segunda: escucho… luego existo.

¡Ordeno “Defcon dos”!

El infame nematócero también ha logrado sortear con “éxito” la segunda línea de fuego. Con éxito para él, claro está, porque para mí el asunto comienza a convertirse en una pesadilla.

Miro el reloj, el digital, el que se ve en la oscuridad cuando la pila no está agotada: leo 03:21. Llevo veinte minutos de cruenta guerra sin resultado alguno. Comienzo a dudar de mis aptitudes militares, aptitudes adquiridas a lo largo de once meses en la IMEC, aquello que antaño hacíamos los universitarios cuando nos llamaban a la mili, una época en la que no había MP3, ni mucho menos teléfono móvil.

Soy consciente que para muchos estoy hablado del oscuro medievo.

Opto por recurrir al Sun Tzu, un milenario tratado de origen chino más conocido en nuestro país como El Arte de la Guerra. ¿Lo ve? si ya se lo decía yo: en castellano todo resulta mucho más fácil. Pero me estoy desviando del asunto, y además, me he desvelado.

Intento recordar algún pasaje del susodicho texto que me pueda ser de utilidad. Es curioso, pero lo cierto es que ahora no me viene ninguno a la cabeza. Sin embargo tampoco veo motivos para extrañarme: nunca lo he leído. Opto por el Manual para Dummies del buen pescador: haga de la paciencia una virtud.

Tampoco lo he leído, pero su título me ilumina.

Declaro situación de máxima alerta doméstica: ¡“Defcon uno”!

El indeseado y ruidoso nematócero chupa sangre por fin aterriza. Lo hace lejos de los antiaéreos, pero ignora que se ha quedado a tiro de piedra de la artillería pesada: mis pies.

Maniobro en silencio mientras el zancudo me aguijonea: imposible no sentirlo. El saetazo ha sido en el tobillo, de siempre mi punto débil cuando el enemigo utiliza estrategia de guerrillas. Hago de tripas corazón, lo que significa tanto como decir que… me aguanto.

En nuestro diccionario también hay otra expresión para definir este hecho, tan típica como castiza, pero en modo alguno elegante.

Cargo los obuses. Calculo la trayectoria. Apunto. Prendo la mecha. La planta de mi pie derecho sale despedida hacia el objetivo, pero, una vez más, el infame escapa a tiempo; y lo que todavía es peor, ileso: ni tan siquiera con una pata chafada, o lo que habría sido todavía mejor, con su “acanalada Tizona” tronchada, la misma con la que ha pretendido convertirme en un espeto.

¿El motivo? ¡El muy cobarde ha huido antes del fatal impacto!

Ahora ya no me cabe ninguna duda: un espía se ha infiltrado entre mis filas.

Pido a mis oficiales un detallado análisis de la situación: el sistema nervioso me informa de la existencia de daños colaterales. No se equivoca, pues también a mí me resultan evidentes: el impacto de mi calcáneo derecho contra mi tibia izquierda no ha sido gratuito, más bien todo lo contrario, ha sido de narices. Al alba, los de reconocimiento hallarán junto a la picadura un moratón, uno de esos que en nada desmerecerá a mi apellido. Un apellido, por cierto, escrito sin “n” al final.

El inicial equilibrio de fuerzas ha quedado gravemente trastocado: esto parece Pearl Harbor.

Asumo que la batalla está perdida. Ordeno a la unidad médica que atienda a los caídos en combate: encuentro el “after-bite” en la mesita de noche. Aplico la solución de amoníaco y agua en la zona del conflicto mientras pido al Alto Mando que analice la situación: me hacen saber que solo tengo dos opciones.

La uno: huir al sofá del salón. Es práctica, sin duda, pero poco honrosa.

La dos – también conocida como “la otra”– : atrincherarme y morir con las botas puestas.

Opto por esta última, porque mal herido y derrotado también hay que saber guardar las formas: me cubro con la sábana y oculto la cabeza bajo la almohada.

Aunque no lo crea, estas contiendas también forman parte ineludible del verano, al menos en estas tierras.

Caído en combate 

en la noche del tres de Julio de 2015

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Este relato ha sido extraído de la recopilación de textos publicada con el título

Quince relatos para 15 momentos… “tontos”.

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Separador clásico

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