Cuando tener criterio significa “ser un carca” (la tiranía de las modas)

Todos los vicios, con tal de que estén de moda, pasan por ser virtudes”. Esta irónica afirmación atribuida al dramaturgo Jean-Baptiste Poquelin, más conocido por el sobrenombre de Molière, refleja perfectamente cómo me sentí cuando leí en el teléfono móvil de mi esposa:

 “Me dirijo a ti, porque el carca de tu esposo no tiene WhatsApp”.

Y en efecto, no soy usuario de dicha aplicación, pero no por el motivo que enunciaba este buen y querido amigo, sino porque tengo razones –desde mi punto de vista fundadas– para no tener que recurrir al uso de la citada “App”.

En cualquier caso, era obvio que a partir de aquel momento mis motivaciones se habían convertido en irrelevantes, pues ya había sido “juzgado y etiquetado”.

Sin embargo, y centrándonos en el auténtico motivo de la reflexión de hoy, este ejemplo me ha permitido ilustrar una llamativa realidad del mundo en que vivimos: ¿por qué no escuchamos antes de opinar? Es más, ¿por qué todo el mundo se cree con el derecho a decirnos lo que tenemos que hacer?

Soy de los que piensan que aquella celebérrima frase del “tú te lo mereces” hizo un gran daño al criterio propio, pues, hasta entonces, la mayoría de los mortales habíamos vivido en la económica creencia de que “había cosas que no teníamos, y que, además, no teníamos por qué tener”.

Desde entonces, legiones de supuestos, infatigables y remunerados líderes de opinión se afanan por ilustrarnos a todas horas del día y de la noche en materias tan variopintas como las de a dónde viajar, qué hacer, qué oler, cómo vestir, qué tener, cómo ligar, e incluso… el tamaño más adecuado para ciertas zonas de nuestros cuerpos.

El último caso del que he tenido curiosa noticia es el de un reconocido economista, radiofónico tertuliano y hombre de notable sensatez que desde hace unas semanas, además, redobla sus esfuerzos para inculcarnos que no hay mejor calefacción que las “estufas de pélets”. ¿Se imaginan ustedes a este sesudo discípulo de John Maynard Keynes y Milton Friedman anunciando “estufas de pélets”?

Yo, ahora, sí.

Claro que, este mismo razonamiento podríamos hacerlo extensible a un meritorio y por todos admirado deportista que aprovecha los ratos libres para promocionar vehículos, modelos y marcas que, además, dudo mucho que algún día llegue a conducir, pues sus gustos son notablemente más… exclusivos. Por su laureado palmarés sería del todo comprensible que compartiese con todos nosotros las bondades de sus raquetas,  material deportivo o incluso bebidas isotónicas, pero… ¿turismos de gama medio-baja?

Además, y como era previsible, de aquellos vientos también llegaron estas tempestades y ahora todo el mundo, es decir, desde el irredento vecino del quinto hasta nuestro adolescente vástago, se cree con el derecho a decirnos lo que tenemos que hacer en todos los órdenes de nuestras vidas, presuponiendo que somos estúpidos, o carecemos de criterio propio, o estamos tan “desfasados” que sin sus bienintencionados consejos nunca seremos capaces de “reciclarnos”. Y por si ello fuera poco, además, lo hacen sin antes haber tenido la precaución –o cortesía– de interesarse por los motivos que nos llevan a obrar de diferente manera.

Sin duda, el ejemplo del WhatsApp utilizado para ilustrar el inicio de esta reflexión era del todo irrelevante, pero no así cuando lo expuesto afecta a otros aspectos de la vida infinitamente más importantes. Aunque no lo crea, en alguna ocasión las siguientes reflexiones le han sido formuladas al autor por terceros cuyas motivaciones eran… o mejor dicho… perseguían intereses “alternativos”:

Los principios deben gozar de una laxitud acorde con las demandas de una sociedad moderna y en constante evolución.

Es conveniente asumir que la mayoría no estamos equivocados.”

El compromiso a largo plazo obstaculiza el progreso (entendiendo por “progreso”, “el cambio”).

Llegados a este punto, parece que los individuos –que ya no ciudadanos– sólo disponemos de dos alternativas para sobrevivir en esta sociedad que, desde mi punto de vista y de forma acertada, el nonagenario y recientemente fallecido sociólogo Zygmunt Bauman ha bautizado como “La Era de la Modernidad Líquida(en referencia a este período de inédita desregularización, de primacía de la flexibilización y de inaudita ausencia de pautas estables).

Una primera alternativa es la de aceptar que ya no volveremos a pisar sobre los cimientos de un conjunto de principios coherentes y transmitidos de generación en generación, pues siendo realistas, cuando hoy miramos a nuestro alrededor todo apunta a que “los principios también se hallan sujetos a la tiranía de la moda”.

La otra, es la de hacer propia aquella frase atribuida al gran cineasta Luis Buñuel y que, sin duda, a día de hoy se me antoja premonitoria:

La moda es la manada; lo interesante es hacer lo que a uno le dé la gana”.

Rubén C.Morató

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