Alemania arruinada antes de comenzar la guerra

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Como es habitual en mis novelas, construyo relatos partiendo de situaciones históricas cuyo único objetivo es el de entretenerle durante su lectura. Sin embargo, y en aras de maximizar este último propósito, en ocasiones me veo en la necesidad de “desvirtuar el hecho histórico”, motivo por el que en esta ocasión he considerado oportuno incluir diversa documentación histórica que, tal vez, pueda resultar de su interés.

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ALEMANIA ARRUINADA ANTES DE COMENZAR LA GUERRA

Este texto no contiene spoilers de la novela. Su lectura previa no restará
suspense narrativo a “El legado del profesor Sálomon”.

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Se le atribuye a Charles Darwing  la siguiente frase: “La historia se repite. Ese es uno de los errores de la historia”.

Tal vez el gran científico y padre de la Teoría de la Evolución enunciara este pensamiento, o tal vez no, pero lo cierto es que cualquiera que se haya molestado por conocer –aunque sea mínimamente– de dónde venimos, encontrará asombrosos –y preocupantes– paralelismos entre el siguiente hecho histórico y otros más próximos a nuestras vidas.

Una vez más le invito a viajar en el tiempo, en esta ocasión al 1 de octubre de 1939. Hitler se dispone a invadir Polonia y dar así comienzo a la Segunda Guerra Mundial. Lo hace con las arcas del Reichsbank vacías –el banco central Alemán–. Al lector puede resultarle curioso, incluso inverosímil, pero es tan cierto como que la Tierra completa un giro sobre sí misma cada 23 horas, 53 minutos y 4,1 segundos. En consecuencia, dos preguntas se tornan en obvias:

1. ¿Por qué Hitler se decide a iniciar tan descomunal contienda si el país que lidera está arruinado?

2. ¿Cómo se llega a semejante situación?

La respuesta a la primera pregunta es simple y desde entonces muchas veces vista y “utilizada” –incluso en la reciente crisis financiera de 2007–: una huída hacia adelante.

Para dar respuesta a la segunda, sin embargo, hay que volver a viajar en el tiempo, concretamente hasta 1919, cuando se pone término a la Primera Guerra Mundial con la firma del Acuerdo de Versalles, un “acuerdo” que sentó las bases para la siguiente Gran Guerra. Absurdo, pero, nuevamente, cierto.

De forma muy sintética (1), el mencionado tratado supuso para la derrotada Alemania:

1. Una humillación hoy por todos reconocida. Ya por entonces, el insigne economista John Maynard Keynes –partícipe en las negociaciones– lo equiparó con una “paz cartaginesa” (2).

2. La ruina económica para las siguientes generaciones de alemanes tras acordarse unas millonarias reparaciones de guerra favorables a los ganadores. Algunos ejemplos: pago inmediato de cinco mil millones de marcos, en efectivo o en especie; entrega de ingentes cantidades de carbón a Francia; entrega a Gran Bretaña de gran parte de la flota mercante alemana.

3. La pérdida del norte de Silesia –entonces la región industrial de Alemania por excelencia– con el objeto de facilitar a Polonia una salida al mar Báltico.

Para afrontar semejantes condiciones económicas (3), el Gobierno alemán recurre, entre otras, a la medida de acuñar moneda de forma ingente, provocando así una inflación sin precedentes y de nefastas consecuencias para la ciudadanía. En 1913, el contravalor de un dólar era de cuatro marcos; diez años más tarde, en 1923, de cuatro billones de marcos (las tiendas de “Todo a un marco”, de haber existido entonces, habrían pasado a llamarse “Todo a un billón” –un billón=un millón de millones–). Otros diez años después, en 1933, el desempleo ascendía a 5,6 millones de personas y la deuda pública a doce mil millones de marcos. Con estos datos, resulta comprensible por qué el actual ciudadano alemán –y sus gobernantes– temen a la inflación como un gato escaldado al agua fría.

No debe extrañar que fuera en 1932 cuando el descontento popular, mensajes populistas y promesas de grandeza –¿le resulta familiar este contexto social?– lleven a Hitler hasta el poder con un 33% de los votos. Por supuesto, durante los años previos –y posteriores, pues Hitler todavía no dispone a finales de 1932 de la mayoría absoluta en el Parlamento–, las maniobras oscuras del partido nazi son numerosas y recriminables en un gran número de ocasiones.

Sin embargo, el curso de la Historia no se detiene y Hitler es nombrado canciller de Alemania el 30 de enero de 1933 apoyado por políticos conservadores e industriales adinerados, todos convencidos de saber cómo hacer para mantenerle bajo control. Incluso el New York Times en su edición de 31 de enero llegó a decir “la composición del gabinete no deja a Herr Hitler la menor posibilidad de colmar sus ambiciones dictatoriales”.

En las elecciones del 5 de marzo de 1933 –las cuartas celebradas en quince meses–, los nazis obtienen el 44% de los escaños. Dieciocho días después, el 23 de marzo, el Parlamento aprueba por abrumadora mayoría la la Ley para Aliviar las Penurias del Pueblo y del Reich, ley que confiere a Hitler poderes especiales, facultades que promete solo utilizar en “casos esenciales”.

El resto… es Historia por todos bien conocida.

Es a partir de este momento cuando Hitler planifica el inicio la reindustrialización alemana con el objeto de crear los cimientos para rearmar el país y recuperar la gloria perdida.

Durante los siguientes seis años, la economía alemana “crece como la espuma” –el conocido milagro alemán–, el paro se reduce a tan solo cien mil personas mientras se contravienen de forma sistemática los acuerdos del Tratado de Versalles. También la deuda pública se multiplica por cuatro, hasta los cuarenta y dos mil millones de marcos.

Hay quien pueda pensar que semejante incremento de la actividad económica se hizo en beneficio del pueblo tal y como rezaba el título del mencionado texto legal –Ley para Aliviar las Penurias del Pueblo y del Reich–; sin embargo, una vez más, los datos se demostraron tozudos y contrarios: la economía alemana de 1938 es un 40% superior a la de 1928, cierto. Pero el consumo solo ha crecido un 4% y las exportaciones disminuido en un 57%. Así las cosas, es obvio que los esfuerzos del país no están encaminados hacia el bienestar del pueblo, sino a la nueva Gran Guerra.

El crecimiento y la disminución del paro conlleva un notable incremento de los ingresos estatales vía recaudación de impuestos al tiempo que las nuevas infraestructuras son pagadas con dinero y deuda pública –normalmente en partes iguales–, incrementando así los compromisos de pago futuros.

En 1939, la inicial bola de nieve puesta a rodar al principio de la década se ha convertido en un coloso de dimensiones insospechadas, pues el “pagar más tarde” permite salir del paso hoy, incluso, tal vez, mañana, pero es una decisión imposible de sostener en el largo plazo salvo que algo cambie de forma sustancial: por ejemplo, provocar una guerra de dimensiones nunca antes conocidas.

Por cierto, esta problemática sigue vigente a día de hoy para muchos ciudadanos, pero en forma de préstamos personales, tarjetas de crédito, compras a plazo e hipotecas. ¡Incluso para esas vacaciones que disfrutamos el verano pasado y todavía estaremos pagando el verano próximo! Sin embargo, como los comunes de los mortales no tenemos capacidad suficiente para “que algo cambie de forma sustancial”, lo más probable es que terminemos con la casa embargada y el cuadro de la abuela Matilda en la casa de empeños.

Pero volviendo al tema que nos ocupa, el texto con el que me dispongo a concluir esta entrada ha sido extraído de “El oro nazi”, una obra de Jean Ziegler (Editorial Planeta, ISBN 84-08-02291-1), profesor de Sociología en la Universidad de Ginebra, invitado en la Sorbona de París y diputado del Parlamento suizo entre 1981 y 1999 (4). El documento está fechado el 7 de enero de 1939, es decir, treinta y dos semanas antes del inicio de la Segunda Guerra Mundial. Lo firma un tal Hjalmar Schacht –hoy en día por casi nadie recordado– en compañía de los restantes siete nombres que por entonces componían el directorio del Banco Central alemán. El texto aconsejaba prudencia y detener un proceso que acabaría por llevar a Alemania al desastre.

Hoy en día son por todos conocidas las decisiones adoptadas por Hitler –Hjalmar Schacht destituido de forma fulminante y el anticipo de una guerra inicialmente prevista para 1942–. Sin embargo, no era así en 1941, cuando el personaje novelado Dik de Boer mantiene el siguiente diálogo con Steve Varley en “El legado del profesor Sálomon”:

–El dinero es una materia prima estratégica, como también lo son el petróleo, el acero, el volframio, el níquel, el manganeso… No sabría decirle si la moneda precedió a los banqueros o fue la inmediata y lógica consecuencia, pero lo cierto es que ambos forman un todo indisoluble. –El aludido no puede evitar el sonreír. John prosigue–. Dik, iré directo al grano: quiero que haga quebrar el Reichsbank.

La sonrisa se convierte en una sonora carcajada.

–¿El Reichsbank? –repite Dik–, ¡pero si a día de hoy el banco central de Alemania es el mejor financiado del planeta! Por Dios, Steve, ¿es que se ha vuelto loco? A sus reservas de oro, hay, además, que añadir las incautadas a los bancos centrales de Austria, Polonia, Checoslovaquia… ¡e incluso las de mi propio país! Y por si ello fuera poco, pronto se añadirán las de Francia.

–Estamos trabajando en el asunto francés –se defiende John–. Sin embargo, insisto, hacer quebrar al Reichsbank puede resultar más fácil de lo que sospecha.

–Permítame dudarlo.

–Comprendo que dude de mí, pero… ¿también lo haría del Dr. Hjalmar Schacht? –Dik enarca una ceja–. Es el presidente de Reichsbank –añade John.

–Steve, sé perfectamente bien quién es Hjalmar Schacht.

–Entonces, por favor, lea esto. –John pone un folio sobre la mesa–. Según me han informado, su alemán es excelente.

OBSERVACIONES PREVIAS AL ESCRITO DEL PRESIDENTE DEL DIRECTORIO DE REICHSBANK

Este texto fue escrito en enero de 1939, sin embargo, resulta asombroso el parecido que guardan los hechos entonces descritos con la actual situación de constante incremento del déficit público, emisión de dinero por todos los bancos centrales del planeta (Banco Central Europeo incluido), las consecuencias derivadas para la ciudadanía en forma de recortes de todo tipo así como la necesidad de recentralizar el control del gasto público.

La inflación, en caso de resurgir y tornarse ingobernable tal y como sucedió en los años treinta del siglo pasado, disminuiría de forma notable el poder adquisitivo de los ahorros de los ciudadanos, imprescindibles en un contexto más que previsible de “jubilaciones a la baja”.

Llegados a este punto, tal vez sea conveniente recordar el inicio –no casual– de esta entrada del blog: “La historia se repite. Ese es uno de los errores de la historia” (Charles Darwing).

TEXTO COMPLETO EXTRAÍDO DE “El oro nazi” (Jean Ziegler: pags. 54 a 57)

(La novela “El legado del profesor Sálomon” solo incluye unas breves líneas del texto mostrado a continuación)

El presidente del directorio de Reichsbank.

Berlín SW 111, 7 de enero de 1939

Documento confidencial Reichsbank

al Führer y canciller del Reich,

Berlín.

El Reichsbank ha llamado la atención desde hace mucho tiempo sobre los peligros que se derivan para la moneda del excesivo aumento del gasto público y del crédito a corto plazo. A finales de 1938, la situación monetaria y financiera ha llegado a un punto crítico que nos ha obligado a exigir medidas…

La situación monetaria global se presenta, en efecto, actualmente como sigue:

1. En el exterior: el Reichsbank no dispone ya de reservas de oro y divisas. El saldo negativo de las entradas en relación con las salidas aumenta considerablemente. Las reservas creadas por la anexión de Austria, los valores exteriores y las piezas de oro nacionales se han agotado. Los certificados en divisas establecidos por los servicios de control no están hoy en absoluto cubiertos, en su gran mayoría, por entradas aseguradas de divisas y corren el riesgo, por lo tanto, de no poder ser aceptados. Perderíamos entonces, al mismo tiempo, nuestro crédito en el exterior para importar mercancías.

2. En el interior: los activos del Reichsbank están constituidos casi exclusivamente por títulos del Estado. El banco de emisión se encuentra así completamente bloqueado y, en caso de que fuera nuevamente requerido por la economía, sería incapaz de conceder los créditos necesarios. Alrededor de seis mil millones de títulos están fuera del Reichsbank y en cualquier momento podrían serle presentados para cobrarlos en dinero, lo cual constituye una amenaza permanente para la moneda. 

[…]

El 1 de enero de 1933, la masa monetaria en circulación alcanzaba los 3.560 millones de Reichsmark. El 1 de marzo de 1938, llegó a 5.278 millones. Este aumento aproximado de 1.700 millones de RM en cinco años no mina por sí mismo la confianza en la moneda, ya que la producción de la economía alemana se ha doblado prácticamente en el mismo tiempo. Pero, entre el 1 de marzo y el 31 de diciembre de 1938, la masa monetaria se elevó a 8.223 millones de RM, un incremento mayor en el curso de los diez últimos meses que a lo largo de los cinco años anteriores.

El valor de nuestra moneda no podría mantenerse, como lo demuestra el ejemplo histórico del papel-moneda de la Revolución francesa, donde a pesar de cotizaciones impuestas, de sanciones rigurosas, etc., la moneda perdió todo su valor.

Schacht continúa diciendo:

Si bien durante las dos grandes operaciones exteriores, en la Marca del Este –[entiéndase, Austria]– y en los Sudetes, era absolutamente necesario un aumento del gasto público, el hecho de que una vez finalizadas esas operaciones no se precise ninguna disminución de la política de gastos y que, al contrario, todo parezca indicar que hay una tendencia a incrementarlos obliga aun más imperativamente a señalar cuáles serán las consecuencias para la moneda.

No nos corresponde demostrar en qué medida una política de gastos desenfrenados puede conciliarse con los frutos y las reservas de la economía alemana ni con las exigencias sociales del pueblo. En cambio, nuestra responsabilidad nos exige que indiquemos que una nueva contribución del Reichsbank, sea directamente, sea por un recurso distinto al del mercado financiero, no es admisible.

El directorio del Reichsbank, abajo firmante, es consciente de que con su contribución a los grandes objetivos fijados ha hecho todo lo posible, pero también advierte que ahora se hace necesaria la contención, El incremento de la producción de bienes no puede obtenerse mediante el aumento del número de billetes.

Y Schacht concluye:

El Führer y canciller del Reich a menudo ha condenado públicamente la inflación como estúpida e inútil. En consecuencia, pedimos que se tomen las medidas siguientes:

1. El Reich y el resto de poderes públicos no podrán contraer gastos ni asumir garantías y obligaciones que (no) puedan ser financiadas por vía de préstamo sin perturbar el mercado de capitales a largo plazo.

2. Para aplicar eficazmente esas medidas, el ministro de Finanzas del Reich debe recuperar el total control financiero de todos los gastos públicos.

3. El control de los precios y de los salarios debe adquirir una forma eficaz. Los malos procedimientos en la materia deben ser eliminados.

4. El recurso al mercado del dinero –[entiéndase, emitir nueva Deuda Pública]–, debe depender de la decisión exclusiva del Reichsbank.

El directorio del Reichsbank: Dr. Hjalmar Schacht,

Dreyse, Vocke, Ehrhardt, Puhl,

Hülse, Kretschmann, Blessing.

Notas:

(1) Una relación detallada de los términos del Tratado de Versalles puede encontrarse en https://es.wikipedia.org/wiki/Tratado_de_Versalles_(1919).

(2)  La expresión “paz cartaginesa” deriva del humillante acuerdo de rendición impuesto a Cartago por Roma tras la derrota en la Segunda Guerra Púnica (218–201 a. C.).

(3) Alemania liquidó totalmente las reparaciones de guerra relativas al Tratado de Versalles el 3 de octubre de 2010.

(4) Jean Ziegler es autor de numerosos libros, entre ellos “El oro nazi”, en el cual detalla el papel de los banqueros suizos en la retención ilegal de las cuentas inactivas de los judíos víctimas del Holocausto. También sostiene que Suiza es responsable de la prolongación de la Segunda Guerra Mundial por su papel en el lavado del oro nazi robado a los países conquistados, un tema que abordaremos en posteriores entradas en este mismo blog. Para saber más de Jean Ziegler, https://es.wikipedia.org/wiki/Jean_Ziegler

De izquierda a derecha:

–Sede central del Reichsbank en Berlín (1902).

–Horace Greely Hjalmar Schacht, presidente del directorio de Reichsbank en 1939 (fotografía: Enciclopedia Británica)

–Hjalmar Schacht y Adolf Hitler en 1936.

–Sellos alemanes noviembre 1923: la fotografía los muestra de hasta de 200 millones de marcos. “Enviar una carta a la Argentina en enero de 1923 costaba la módica suma de tres marcos. En noviembre de ese mismo año, apenas diez meses más tarde, la estampilla para esa misma carta costaba 500 millones de marcos” (fuente: Blog del escritor argentino Enrique Arenz. Pulsar aquí para saber más).

 

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